Mostrando entradas con la etiqueta 1827. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1827. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de noviembre de 2014

10 de noviembre de 1827 (Italia tiene siete u ocho centros de civilización)


[...] Italia tiene siete u ocho centros de civilización. El acto más sencillo se realiza de una manera completamente diferente en Turín y en Venecia, en Milán y en Génova, en Bolonia y en Florencia, en Roma y en Nápoles. Venecia, a pesar de las desventuras inauditas que van a aniquilarla, tiene la franca alegría; Turín, la biliosa aristocracia. La bondad milanesa es tan célebre como la avaricia genovesa. Para ser considerado en Génova, es preciso no gastar más que la cuarta parte de la renta,
y, si se es viejo y rico, jugar malas pasadas a los hijos; por ejemplo, introducir en sus contratos de bodas cláusulas insidiosas. Pero en este mundo todo está lleno de excepciones. La casa de Italia donde con más gracia se recibe a los extranjeros es la del señor marqués de Negro, en Génova. La situación de la Villetta, parque de este simpático hombre, es única por lo bella y pintoresca; y he conocido aquí un médico célebre que se enfada cuando los ingleses quieren pagarle una visita. A pesar de este rotundo contraste, no por esto deja de ser Génova la ciudad de la avaricia; diríase una pequeña ciudad del mediodía de Francia.

Los boloñeses son fogosos, apasionados, generosos y, a veces, imprudentes. En Florencia, hay mucha lógica, mucha prudencia y hasta mucho ingenio; pero en mi vida he visto hombres más exentos de pasiones; hasta el amor es aquí tan poco conocido, que el placer ha usurpado su nombre. Las pasiones grandes y profundas residen en Roma. En cuanto al napolitano, es esclavo de la sensación del momento; tan lejos está de acordarse de lo que sentía ayer, como de prever el sentimiento que le
agitará mañana. Creo que no se encontrarían en los dos extremos del universo unos seres tan opuestos y que se entiendan tan poco como el napolitano y el forentino.

Son más alegres los de Siena, que está sólo a seis leguas de Florencia, mientras que los de Arezzo son apasionados. En Italia, todo cambia cada diez leguas. En primer lugar, las razas son diferentes. Imaginemos dos islas del mar del Sur pobladas, por azar, de perros lebreles y de barbudos; una tercera está llena de épagneuls; una cuarta, de perrillos mopses ingleses. Las costumbres son diferentes. (gracias a lo exagerado de la comparación, captaréis todo el alcance de la diferencia que la experiencia pone entre el flemático holandés, el oriundo de Bérgamo, medio loco por la extremada viveza de sus pasiones, y el napolitano, medio loco por la impetuosidad de la sensación del momento.

Mucho antes de los romanos, Italia estaba dividida en veinte o treinta poblados, no sólo extraños los unos a los otros, sino enemigos. Estos estados, conquistados más o menos tarde por los romanos, conservaron sus costumbres y probablemente su lenguaje. Recobraron su individualidad cuando la invasión de los bárbaros, y reconquistaron su independencia en el siglo IX, cuando la creación de las célebres repúblicas de la Edad Media. Así, el efecto de la diferencia de las razas ha sido forti?cado por los intereses políticos.

¿Cinco o seis pequeños detalles de costumbres hubieran mostrado más claramente lo que he procurado indicar con estas frases tan graves?.

Es lo que escribe nuestro autor en la susodicha fecha en las páginas 103 a 105 de la edición que seguimos.

lunes, 18 de agosto de 2014

El Coliseo (18 de agosto)




La opinión corriente es que Vespasiano hizo construir
el Coliseo en el lugar donde estaban antes los estanques
y los jardines de Nerón; era aproximadamente el centro
de la Roma de César y de Cicerón. La estatua colosal de
Nerón, en mármol y de ciento diez pies, fue colocada
cerca de este teatro; de aquí el nombre de Colosseo.
Otros pretenden que este nombre viene de la extensión
sorprendente y de la altura colosal de este edificio.

Como nosotros, los romanos tenían la costumbre de
celebrar con una fiesta la inauguración de una casa nueva;
un teatro se inauguraba con un drama representado
con una pompa extraordinaria; una naumaquia, con un
combate de barcas; con carreras de carros, y sobre todo
con luchas de gladiadores, se celebraba la inauguración
de un circo; la caza de animales feroces, señalaba la
 fundación de un anfiteatro. Tito, como hemos visto,
presentó el día de la apertura del Coliseo un número enorme
de fieras que fueron muertas todas. ¡Qué dulce placer
para los romanos! Si nosotros no sentimos este placer
tenemos que agradecérselo a la religión de Jesucristo.

El Coliseo está construido casi por entero con bloques
de travertino, una piedra bastante fea llena de agujeros
la toba y de un blanco tirando a amarillo. La traen de
Tívoli. El aspecto de todos los monumentos de Roma
sería mucho más agradable al primer golpe de vista si
los arquitectos hubieran tenido a su disposición la bella
piedra empleada en Lyon o en Edimburgo, o bien el mármol
con el que están haciendo el Circo de Pola. (Dalmacia).

Sobre los arcos de orden dórico del Coliseo se ven números
antiguos; cada arco servía de puerta. Numerosas escaleras
a los pórticos superior y a las gradas. Así, en pocos instantes,
cien mil espectadores podían entrar y salir del Coliseo.

Dicen que Tito hizo construir una galería que, partiendo de su
palacio del Monte Esquilino, le permitía ir al Coliseo sin
pasar por las calles de Roma. Debía de desembocar entre los
 dos arcos marcados con los números 38  y 39. [...]

El arquitecto que construyó el Coliseo tuvo el valor de ser
sencillo. Se guardó de recargarlo de pequeños ornamentos
bonitos y mezquinos, como los que estropean el interior del
patio del Louvre. En Roma el gusto público no estaba
viciado por la costumbre de las fiestas y de las ceremonias
de una corte como la de Luis XIV. [...]

A los emperadores de Roma se les había ocurrido la
sencilla idea de reunir en su persona todas las magistraturas
 inventadas por la república a medida de las necesidades del
 tiempo. Eran cónsules, tribunos, etc. Aquí todo es
simplicidad y solidez; por eso las junturas de los inmensos
bloques de piedra, que se ven desde todas  partes, toman
un carácter impresionante de grandiosidad. El espectador
debe esta sensación, que se acentúa más aún en el recuerdo,
a la ausencia de todo pequeño ornamento; toda la atención
 se dedica a la masa de tan y magnífico edificio.


Recreación de la "arena"

La plaza en que tenían lugar los juegos y los espectáculos se
 llamaba arena, por la arena que esparcían en el suelo los
días de juegos. Dicen que esta arena estaba antiguamente
diez pies más baja que hoy. Estaba rodeada de un muro lo
bastante alto para impedir a los leones y a los tigres lanzarse
sobre los espectadores. Esto mismo se ve hoy en los teatros
de madera destinados en España a las corridas de toros. En
este muro había unas aberturas cerradas con verjas de hierro,
por donde entraban los gladiadores y las fieras y se sacaban
los cadáveres.

En Roma, el lugar de honor está sobre el muro que rodeaba
la arena, y se llamaba podium. Desde aquí se podía gozar de
la fisonomía de los gladiadores moribundos  y distinguir los
menores detalles de la lucha. Aquí se hallaban los sitios
reservados a las vestales, al emperador y a su familia, a los
senadores y a los principales magistrados.

Detrás del podium comenzaban las gradas destinadas al
pueblo; estas gradas estaban divididas en tres órdenes
llamados meniana. La primera división contenía doce
 gradas, y la segunda quince; eran de mármol. Las gradas
de la tercera división eran, según se cree, de madera. Hubo
un incendio, y esta parte del teatro fue restaurada por
Heliogábalo y Alejandro. La totalidad de las gradas podía
contener ochenta y siete mil espectadores, y se calcula
que podían colocarse otros veinte mil de pie en los pórticos
de la parte superior, construidos en madera.

Sobre las ventanas del piso más alto se distinguen unos
agujeros en los que se supone que se empotraban las vigas
del velarum. Estas vigas soportaban unas poleas y unas
cuerdas, con las cuales se maniobraban una serie de
inmensas bandas de lona que cubrían el anfiteatro para
preservar a los espectadores del ardor del sol. En cuanto
a la lluvia, yo no concibo muy bien cómo estos toldos
podían preservar de las lluvias torrenciales que caen en
Roma. Edificios comparables a éste en tamaño hay que
buscarlos en Oriente, entre las ruinas de Palmira, de Balbec
o de Petra; pero esos edificios asombran sin gustar. Más
vastos que el Coliseo, jamás nos producirán la misma
impresión. Están construidos según otras reglas de
belleza a las que nosotros no estamos acostumbrados.
Las civilizaciones que han creado esta belleza han desaparecido.

Esos grandes templos altos y huecos de la India o de
Egipto sólo evocan los recuerdos innobles del despotismo;
no estaban destinados a gustar a almas generosas. Diez mil
o cien mil esclavos han muerto de fatiga en esos trabajos
asombrosos.

A medida que conozcamos mejor la Historia antigua,
¡cuántos reyes no encontraremos más poderosos que
Agamenón, cuántos guerreros tan bravos como Aquiles!
Pero estos nuevos nombres carecerán de emoción para
 nosotros. Se leen las curiosas Memorias de Bober,
emperador de Oriente hacia 1340, y después de pensar
en ellas un instante, se piensa en otra cosa.



El Coliseo es sublime para nosotros porque es un vestigio
vivo de esos romanos cuya historia ha llenado nuestra
infancia. El alma encuentra relaciones entre las
grandezas de sus empresas y la de este edificio. ¿Qué lugar
en la tierra vio alguna vez una multitud tan grande y
pompas tales? Al emperador del mundo (¡y este hombre
era Tito!) lo recibían aquí los gritos de alegría de
cien mil espectadores; y ahora ¡qué silencio!

Cuando los emperadores trataron de luchar con la
nueva religión predicada por San Pablo, que anunciaba
a los esclavos y a los pobres la igualdad ante Dios, enviaron
al Coliseo a muchos cristianos a sufrir el martirio. Este
edificio fue, pues, muy venerado en la Edad Media;
por eso no ha sido destruido por completo. Benedicto XIV,
queriendo quitar todo pretexto a los grandes señores que,
desde hacía siglos, mandaban a buscar piedras al Coliseo
como a una cantera, hizo erigir alrededor de la arena
catorce pequeños oratorios, cada uno de los cuales  contiene
un fresco representando un paso de la pasión del Señor. En la
parte oriental, en un rincón de las ruinas, han hecho una
capilla en la que se dice misa; al lado, una puerta cerrada
con llave indica la entrada de la escalera de madera por
la que se sube a los pisos superiores.

Al salir del Coliseo por la puerta oriental, hacia San Juan de Letrán, hay un pequeño cuerpo de guardia de cuatro hombres y el inmenso arbotante de ladrillo, hecho por Pío VII para sostener esta parte de la fachada exterior a punto de derrumbarse.

Luego, cuando el lector se haya aficionado a estas cosas, hablaré de las conjeturas propuestas por los sabios sobre las construcciones encontradas bajo el nivel actual de la arena del Coliseo, cuando se hicieron excavaciones por orden de Napoleón (1810  a  1814). Invito de antemano al lector a no creer en este género más que lo que le parezca probado, cosa importante para sus goces; es inimaginable presunción de los ciceroni romanos.

Es lo que escribe nuestro autor el día 18 de agosto de 1827, en las páginas 53 a 57 de nuestro libro.

MÁS  FOTOS  AQUÍ

viernes, 15 de agosto de 2014

15 de agosto de 1827 (o Roma en 6 mañanas)*


Mi huésped ha colocado unas flores ante un pequeño busto de Napoleón que hay en mi cuarto. Mis amigos conservan definitivamente sus habitaciones en la Plaza de España, junto a la escalera que sube a la Trinità dei Monti.

Imaginad dos viajeros bien educados corriendo el mundo juntos; cada uno de ellos se complace en sacrificar al otro sus pequeños planes de cada día, y al final, del viaje resulta que se han importunado constantemente.

Cuando los viajeros son varios, si quieren ver una ciudad, pueden convenir la una de la mañana para salir juntos. No se espera a nadie; se supone que los ausentes tienen razones para pasar esa mañana solos.

En el camino se conviene que el que pone un alfiler en el cuello de su levita se hace invisible; y ya no se le habla. En fin, cada uno de nosotros podrá, sin faltar a la cortesía, pasear solo por Italia e incluso volverse a Francia; ésta es nuestra constitución escrita y firmada esta mañana en el Coliseo, en el tercer piso de los pórticos, sobre el sillón de madera colocado allí por un inglés. Por medio de esta constitución esperamos que nos querremos al volver de Italia lo mismo que al ir. [...]

Yo diría a los viajeros: al llegar a Roma, no os dejéis envenenar por ninguna opinión; no compréis ningún libro: demasiado pronto la época de la curiosidad y de la ciencia reemplazará a la de las emociones; alojados en la Via Gregoriana o, por lo menos, en el tercer piso de una casa de la Piazza Venezia, al final del Corso; evitad la vista y, más aún, el contacto de los curiosos. Si al visitar los monumentos por las mañanas tenéis el valor de llegar hasta el aburrimiento por falta de compañía, así fueseis el ser más apagado por la pequeña vanidad de salón, acabaréis por sentir las artes.

En el momento de entrar en Roma, tomad una calesa, 34 según que os sintáis dispuestos para sentir lo bello inculto y terrible. O lo bello bonito y ordenados, haced que os lleven al Coliseo o a San Pedro. Si fuerais a pie no llegaríais jamás, por la cantidad de cosas curiosas que se encuentran en el camino. No necesitáis ningún itinerario, ningún cicerone. En cinco o seis mañanas, vuestro cochero os hará hacer las cinco visitas siguientes:
 1.° El Coliseo  o San Pedro.
2.° La sala de Rafael en el Vaticano.
3.° El Panteón, y luego las once columnas, restos de la basílica de Antonino el Piadoso, con las cuales hizo Fontana, en 1695, el edificio de la Aduana terrestre. Aquí os llevan al llegar a Roma, si vuestro cónsul no os ha enviado una dispensa a Florencia. Aquí se aburre uno y pasa tres horas de mal humor. Una vez dejé al vetturino con mis llaves y entré en Roma como un paseante por la Porta Pia. Hay que seguir el camino exterior a las murallas, ala izquierda de la puerta del Popolo, bordeando el Muro Torto.
4.° El taller de Canova y las principales estatuas de este gran hombre dispersas en las iglesias y en los palacios: Hércules lanzando a Lycas al mar, en el bonito palacio del banquero Torlonia, duque de Bracciano, en la plaza de Venecia, al final del Corso; la tumba de Ganganelli en los Santos Apóstoles; las tumbas del papa Rezzonico y de los Estuardos en San Pedro, la estatua de Pío VI ante el altar mayor. Hay que acostumbrarse a no mirar en una iglesia más que lo que se ha ido a ver en ella.
5.° El Moisés, de Miguel Ángel, en San Pietro in Vincoli; el Cristo de la Minerva; la Pietá, en San Pedro, primera capilla a la derecha según se entra. Todo esto os parecerá muy feo, y os extrañará la honorable mención que aquí hago de ello.
6.° La Basílica de San Pablo, a dos millas de Roma, por la parte de Ostia. Observad, cerca de la puerta de la ciudad, al salir, la pirámide de Cestio. Este Cestio fue un financiero como el presidente Hénaut. Vivió en tiempos de Augusto.
7.° Las ruinas de las Termas de Caracalla, y al volver, la iglesia de San Stefano Rotondo; la columna trajana y los restos de la basílica descubierta a sus pies en 1811.
8.° La Farnesina, junto al Tíber, orilla derecha, parte etrusca. Aquí se encuentran las aventuras de Psiquis pintadas al fresco por Rafael. Id a ver la galería de Aníbal Carracci, en el palacio Farnesio, y la Aurora, del Guido, en el palacio Rospigliosi, Plaza de Monte Cavallo. Muy cerca de aquí, la iglesia de Santa María de los Ángeles, de Miguel Ángel: arquitectura sublime. La estatua de Santa Teresa en Santa María della Vittoria y, al volver, la bonita iglesita llamada Noviciado de los Jesuitas.
9.° La Villa Madama, a mitad de la falda del monte Mario. Es una de las cosas más bonitas hechas por Rafael en arquitectura. A la vuelta, ved la villa del papa Julio, a media legua de Roma cerca de la puerta del Popolo. Ved al lado el paisaje del Acqua Acetosa. El rey de Baviera ha hecho poner aquí un banco.
lO.° Las galerías Borghese, Doria, Sciarra y la galería pontificia, en el tercer piso del Vaticano.
1l.° Si os sentís dispuestos a ver estatuas haced que os lleven al Museo Pío Clementino (en el Vaticano) o a las salas del Capitolio. Las pobres cabezas que tienen el poder no permiten abrir estos museos más que una vez por semana; sin embargo, si el pueblo de Roma puede pagar los impuestos y ver un escudo, es porque un extranjero se ha tomado el trabajo de llevárselo.

Es imposible que alguna de estas cosas no os encante. Id a ver lo que os haya conmovido; buscad las cosas
parecidas. Es la puerta que la Naturaleza os abre para haceros entrar en el templo de las bellas artes. He aquí todo el secreto del talento del cicerone.


Son las recomendaciones que hace nuestro autor para ver lo más destacado de Roma en seis mañanas. Escrito el 15 de agosto de 1827.
*El subtitulo es nuestro.

domingo, 10 de agosto de 2014

10 de agosto de 1827



"Habiendo salido de casa esta mañana para ver un monumento célebre, nos detuvo en el camino una bella ruina, y luego la vista de un bonito palacio, al que subimos. Acabamos de errar casi por ventura. Hemos saboreado la felicidad de estar en Roma con toda libertad y sin pensar en el deber de ver.


El calor es extremado; subimos en coche muy de mañana; a eso de las diez, nos refugiamos en alguna iglesia, donde encontramos fresco y oscuridad. Sentados en silencio en algún banco de madera con respaldo, con la cabeza atrás y apoyada en el mismo, nuestra alma parece desprenderse de todas sus ataduras terrestres, como para ver lo bello frente a frente. Hoy nos refugiamos en Sant’ Andrea della Valle, frente a los frecos del Domenichino; ayer fue en Santa Prassede."

Es lo que escribe nuestro autor en 1827  en el día supuestamente más caluroso del año . Páginas 40 y 41.

Fotografía procedente de: http://romanchurches.wikia.com/wiki/File:Sant_andrea_della_valle_051211-01.JPG

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las colinas de Roma (17 de noviembre de 1827)


Colinas de Roma
Foto:  tomada del blog Mujeres de Roma

Roma incluye entre sus murallas diez u once colinas que bordean el Tíber y lo hacen un río rápido y encajonado. Estas colinas parecen dibujadas por el genio de Poussin para ofrecer a los ojos un placer grave y en cierto modo fúnebre. A mi juicio, Roma es más bella en un día de tempestad. No le va bien el sol hermoso y tranquilo de un día de primavera. Este suelo parece hecho expresamente para la arquitectura. Desde luego no hay aquí un mar delicioso como en Nápoles, y falta la voluptuosidad; pero Roma es la ciudad de los sepulcros; la felicidad que aquí se puede imaginar es la felicidad sombría de las pasiones y no la voluptuosidad amable de la ribera del Posilipo

Tumba de Cecilia Metella
Fuente: Wikipedia

¡Qué vista más singular la del priorato de Malta, construido sobre la cima occidental del monte Aventino, que por la parte del Tíber termina en un precipicio! ¡Qué profunda impresión producen, vistos desde la altura, la tumba de Cecilia Metella, la Via Appia y la campiña de Roma! Al otro extremo de la ciudad, hacia el norte, ¿hay algo preferible a la vista que se domina del monte Pincio, ocupado en otro tiempo por tres o cuatro conventos y transformado por el gobierno francés en un magnífico parque? ¿Podéis creer que los frailes solicitan la destrucción de este parque, el único que existe en Roma para el público? El cardenal Consalvi fue un impío a los ojos de los curas rurales que tomó por colegas, porque no adjudicó exclusivamente a una veintena de frailes agustinos la deliciosa vista de la campiña romana y del monte Mario, situado frente al Pincio. Nada asegura que los agustinos o camaldulenses no sean reintegrados en sus derechos. Las elevadas colinas que bordean el Tíber en Roma forman valles tortuosos y profundos. Los laberintos determinados por estos pequeños valles y las colinas parecen dispuestos, según la frase del famoso arquitecto Fontana, para dar lugar a la arquitectura y poner de relieve lo más bello que tiene. 

He visto a romanos pasar horas enteras en muda admiración, apoyados en una ventana de la Villa Lante, frente al monte Gianicolo. A lo lejos se divisan las bellas figuras formadas por el Palacio de Monte Cavallo, el Capitolio, la Torre de Nerón, el monte Pincio y la Academia de Francia, y bajo los ojos, al pie de la colina, se domina el Palacio Farnesio. Jamás las casas de Londres y París juntas, aunque estuviesen adornadas con una elegancia cien veces mayor, darán la menor idea de esto. En Roma, hasta una simple cochera suele ser monumental.


Hackert, Panorama di Roma da Monte Mario
Imagen procedente de Lazio Segreto

No es en las colinas donde se construyó la calle del Corso y la Roma actualmente habitada, sino en el llano, junto al Tíber y al pie de los montes. La Roma moderna ocupa el Campo de Marte de los antiguos; aquí venían Catón y César a hacer los ejercicios gimnásticos necesarios  al general lo mismo que al soldado antes de la invención de la pólvora. [...]

La Roma habitada termina al sur en el monte Capitolino y  la roca Tarpeya, al oeste, en el Tíber, pasado el cual no hay más que algunas malas calles, y al este, en los montes Pincio y Quirinal. Las tres cuartas partes de Roma al este y al sur, el monte Viminal, el monte Esquilino, el monte Celio, el Aventino, son solitarias y silenciosas. Reina en ellas la fiebre y se cultiva la vid. En medio de este vasto silencio se encuentra la mayor parte de los monumentos que va a buscar la curiosidad del viajero.

Es lo que escribe nuestro autor tal día como hoy de 1827. Páginas 106 a 108.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Libros de viajes sobre Italia (11 de noviembre de 1827)


Los mejores viajes por Italia son los de Forsyth, De Brosses, Misson, Duclos, Lalande. Las memorias de Casanova, edición de Leipzig, pintan muy bien las costumbres anteriores a los cañonazos del puente de Lodi (1796). El viaje más curioso por lo ridículo es del cura Eustace, que dice que en Roma la administración francesa quería vender los materiales de San Pedro. Algunos ingleses enrojecen de cólera cuando se les recuerda que Napoleón gastaba millones en desenterrar la basílica próxima a la columna de Trajano, la columna de Focas, el templo de la Paz, etcétera. Como el siglo es desconfiado, voy a citar a M. Eustace.

            “Whan then will be… the horror of my reader when I inform him… the french commttee turned its attention to Saint Peter’s and employed a company of Jews to estimate and purchase the gold, silver and bronze, that adorn the inside of the edifice, as well as te copper that convers the vaults and dome on the outside!”.

Este libro ha alcanzado ocho ediciones en Inglaterra, y lo vemos en manos de todos los viajeros de la clase alta. Muy grande tiene que ser Francia para suscitar un odio tan furibundo.

Burke, el Chateaubriand de Inglaterra, ha dicho de nosotros cosas peores.

Los viajantes de comercio franceses que recorren Italia se saben de memoria los chistes del presidente Dupaty, tan ridículo como Eustace. Su viaje, protegido por los industriales, ha alcanzado la cuarta edición, y el del presidente De Brosses solo ha llegado a la segunda. […]

pp. 105 y 106


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Murallas y colinas (6 de noviembre de 1827)


Porta Maggiore
Porta Maggiore. Puerta en la muralla aureliana.

Hoy nos hemos despertado con la curiosidad de estudiar más exactamente la situación de las diversas murallas de Roma.

Hace falta un plano de la Roma antigua y buscar las murallas construidas por Rómulo. Es aproximadamente como París, que se encuentra primero en una pequeña parte de la isla Notre-Dame. Este cobijo de bandoleros valientes que se llama Roma no ocupó al principio más que el monte Palatino (hoy Villa Farnesio) y luego el monte Capitolino. Numa, al que supongo por el momento el sucesor inmediato de Rómulo, incluyó en la ciudad una parte del monte Quirinal.

Tulo Hostilio, que es considerado como el tercer rey de Roma, después de destruir Alba, trasladó a los ciudadanos a su ciudad, según las costumbres de aquellos tiempos primitivos, y los instaló en el monte Celio (donde está hoy la Villa Mattei). Desde lo alto del monte Celio, que fue encerrado entre las murallas de Roma, los albenses veían las ruinas de su patria.

Anco Marcio, sucesor de tulio, destruyó las ciudades de Telena, Ficana y Politorio; trasladó a sus habitantes al monte Aventino (donde está hoy el priorato de Malta) y encerró este monte en el recinto de Roma. Construyó sobre el Tíber un puente de madera, que luego se hizo célebre por el valor de Horacio Cocles. Hubiera sido sumamente imprudente construir un puente sin defenderlo con una fortaleza, y Anco Marcio construyó una ciudadela sobre el Gianicolo, posición muy importante, pues la ciudades de Etruria, dominadas por los sacerdotes, gobernadas bajo ellos por reyes y con un grado de civilización muy avanzado, comenzaban a tener celos de Roma; los reyes de Etruria, o Locumones, contrariados por los sacerdotes, no atacaron Roma bastante a tiempo para destruirla, pero le hicieron correr grandes peligros, y finalmente, después de varios siglos de guerras continuas, durante las cuales los romanos adoptaron en parte la religión de Etruria, este país acabó por ser conquistado. Perdóneseme esta discreción que traza la posición militar de Roma durante los primeros siglos de su existencia. El peligro venía casi siempre de la orilla derecha del Tíber, del lado etrusco.

Servio Tulio rodeó toda la ciudad de murallas muy sólidas, hechas con bloques cuadrados de piedra volcánica. Hizo una fortificación llamada Agger, desde el extremo oriental del Quirinal hasta el sitio que ocupa hoy la iglesia de Santo Vito, junto al Esquilino. Roma comprendía entonces siete colinas al este del Tíber; de aquí el nombre de Septicollis. Se ve que, al darle este nombre, no se fijaron en la fortaleza construida dobre el Gianicolo (orilla derecha del Tíber). La muralla de Servio Tulio era de unas ochos millas; incluyó dos montes en la ciudad: el Viminal y el Esquilino, así como una parte del Quirinal.

Desde Servio Tulio hasta el emperador Aureliano, Roma, que se fue haciendo poderosa, se defendió con sus ejércitos y no se vio obligada a pensar en la fuerza de sus murallas. Pero Aureliano temió que los bárbaros, en alguna de sus incursiones, se apoderasen por sorpresa de la capital del imperio. Comenzó una muralla nueva que fue acabada por Probo, sucesor de Tácito.

Dibujo del exterior de la tumba de Bíbulo.
Procedencia: http://www.zazzle.es

Nuestro estudio de hoy ha tenido por objeto hacernos una idea clara de  la Roma que habitaron los héroes. Hemos vuelto a ver la tumba de Cayo Poncio Bíbulo, en la plaza Marcel de Corvi, al principio de la cuesta de Marforio, en el extremo meridional del Corso. Este venerable monumento fue erigido fuera de las murallas de Servio Tulio para honrar la memoria de un ciudadano que había merecido bien de la patria. Es de piedra calcárea y lleva cuatro pilastras que soportan una bella estatua.

En el estudio de estas antigüedades remotas, lo esencial es admitir como probable lo que es probable y no creer más que lo probado; no hablo de pruebas matemáticas; cada ciencia tiene diferente grado de certeza.

Dicen que la muralla de Aureliano tenía casi cincuenta millas de extensión; el contemporáneo Vopiscus lo asegura.

 Murallas Aurelianas
Murallas Aurelianas.

Ya sabéis que las murallas actuales no tienen más que dieciséis millas; la parte más antigua se remonta sólo al año 402, y fue levantada por orden de Honorio. Hay que hacerse una idea clara de las diez u once colinas sobre las que se extiende Roma, y estudiar su historia. El monte Capitolino con sus dos cimas; el monte Celio, llamado primero Querquetulario por las encinas que lo cubrían, etc.

Gracias a inmensos trabajos, lo monumentos antiguos de Roma han cambiado por completo de aspecto desde 1809, y la ciencia que se ocupa de ellos se ha vuelto más razonable.

He abreviado mucho el artículo anterior, y, sin embargo, temo que sea todavía muy aburrido. Ahorrará investigaciones pesadísimas a los viajeros curiosos de esta clase de detalles. Espero que los otros saltarán de cuando en cuando ocho o diez páginas. […]

Los etruscos […] fueron discípulos de los egipcios y maestros de los romanos; pero los romanos, que ante todo pensaban en la guerra, no tomaron al principio más que su religión, y durante mucho tiempo rechazaron las artes. Los patricios querían la por causa del juramento; era la ley del reclutamiento en Roma. Los etruscos sabían construir canales, según dicen sus amigos: tenían una arquitectura muy adelantada. Ved Volterra. ¿Deduciremos de la forma piramidal de la tumba de Porsenna (dudoso) que los etruscos admiraban las pirámides de Egipto? La forma piramidal ¿no la sugieren los montones de piedras formados en las esquinas de los campos de los países montañosos como Toscana? Los etruscos habían inventado –al parecer- la bóveda, ese milagro de la nueva arquitectura desconocido por los egipcios.

Para inocular una religión a un pueblo basta con un hombre triste y tierno como J.-J. Rousseau. Si este hombre lleva el amor al poder, o el pique de amor propio contra sus enemigos, hasta hacer que le quemen vivo, su religión progresa mucho más rápidamente. Así, dad el valor de una mujer de Calcuta a San Pablo, y la nueva religión toma alas.

Probablemente había en Etruria una casta que hacía trabajar a los tontos en provecho de ella. Esta casta tenía secretos mágicos […]

¿Es el aire del Vaticano a propósito para inspirar la credulidad? ¡Qué hermoso sitio para reunir en él una asamblea de arqueólogos!

El alfabeto de los etruscos se derivaba, como todos los demás, del de los fenicios, ese pueblo de industriales. Los etruscos no habían recibido sus cartas de los griegos, puesto que escribían de derecha a izquierda y suprimían las vocales breves, como los hebreos.

La extraña aspiración que se observa en el modo de hablar italiano de Florencia, procede de los etruscos.

Es lo que escribe nuestro autor el mismo día de hoy (6 de noviembre) de 1827. Páginas 99 a 103 de la edición que seguimos.