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lunes, 10 de noviembre de 2014

10 de noviembre de 1827 (Italia tiene siete u ocho centros de civilización)


[...] Italia tiene siete u ocho centros de civilización. El acto más sencillo se realiza de una manera completamente diferente en Turín y en Venecia, en Milán y en Génova, en Bolonia y en Florencia, en Roma y en Nápoles. Venecia, a pesar de las desventuras inauditas que van a aniquilarla, tiene la franca alegría; Turín, la biliosa aristocracia. La bondad milanesa es tan célebre como la avaricia genovesa. Para ser considerado en Génova, es preciso no gastar más que la cuarta parte de la renta,
y, si se es viejo y rico, jugar malas pasadas a los hijos; por ejemplo, introducir en sus contratos de bodas cláusulas insidiosas. Pero en este mundo todo está lleno de excepciones. La casa de Italia donde con más gracia se recibe a los extranjeros es la del señor marqués de Negro, en Génova. La situación de la Villetta, parque de este simpático hombre, es única por lo bella y pintoresca; y he conocido aquí un médico célebre que se enfada cuando los ingleses quieren pagarle una visita. A pesar de este rotundo contraste, no por esto deja de ser Génova la ciudad de la avaricia; diríase una pequeña ciudad del mediodía de Francia.

Los boloñeses son fogosos, apasionados, generosos y, a veces, imprudentes. En Florencia, hay mucha lógica, mucha prudencia y hasta mucho ingenio; pero en mi vida he visto hombres más exentos de pasiones; hasta el amor es aquí tan poco conocido, que el placer ha usurpado su nombre. Las pasiones grandes y profundas residen en Roma. En cuanto al napolitano, es esclavo de la sensación del momento; tan lejos está de acordarse de lo que sentía ayer, como de prever el sentimiento que le
agitará mañana. Creo que no se encontrarían en los dos extremos del universo unos seres tan opuestos y que se entiendan tan poco como el napolitano y el forentino.

Son más alegres los de Siena, que está sólo a seis leguas de Florencia, mientras que los de Arezzo son apasionados. En Italia, todo cambia cada diez leguas. En primer lugar, las razas son diferentes. Imaginemos dos islas del mar del Sur pobladas, por azar, de perros lebreles y de barbudos; una tercera está llena de épagneuls; una cuarta, de perrillos mopses ingleses. Las costumbres son diferentes. (gracias a lo exagerado de la comparación, captaréis todo el alcance de la diferencia que la experiencia pone entre el flemático holandés, el oriundo de Bérgamo, medio loco por la extremada viveza de sus pasiones, y el napolitano, medio loco por la impetuosidad de la sensación del momento.

Mucho antes de los romanos, Italia estaba dividida en veinte o treinta poblados, no sólo extraños los unos a los otros, sino enemigos. Estos estados, conquistados más o menos tarde por los romanos, conservaron sus costumbres y probablemente su lenguaje. Recobraron su individualidad cuando la invasión de los bárbaros, y reconquistaron su independencia en el siglo IX, cuando la creación de las célebres repúblicas de la Edad Media. Así, el efecto de la diferencia de las razas ha sido forti?cado por los intereses políticos.

¿Cinco o seis pequeños detalles de costumbres hubieran mostrado más claramente lo que he procurado indicar con estas frases tan graves?.

Es lo que escribe nuestro autor en la susodicha fecha en las páginas 103 a 105 de la edición que seguimos.

martes, 12 de agosto de 2014

12 de agosto de 1827

"La primera locura se ha calmado un poco. Deseamos ver los monumentos de una manera completa. Ahora es así como gozaremos más de ellos. Mañana por la mañana vamos al Coliseo, y no lo dejaremos hasta haber examinado todo lo que hay que ver."

Es lo que escribe el 12 de agosto de 1827. Página 41 de nuestro libro.


domingo, 10 de agosto de 2014

10 de agosto de 1827



"Habiendo salido de casa esta mañana para ver un monumento célebre, nos detuvo en el camino una bella ruina, y luego la vista de un bonito palacio, al que subimos. Acabamos de errar casi por ventura. Hemos saboreado la felicidad de estar en Roma con toda libertad y sin pensar en el deber de ver.


El calor es extremado; subimos en coche muy de mañana; a eso de las diez, nos refugiamos en alguna iglesia, donde encontramos fresco y oscuridad. Sentados en silencio en algún banco de madera con respaldo, con la cabeza atrás y apoyada en el mismo, nuestra alma parece desprenderse de todas sus ataduras terrestres, como para ver lo bello frente a frente. Hoy nos refugiamos en Sant’ Andrea della Valle, frente a los frecos del Domenichino; ayer fue en Santa Prassede."

Es lo que escribe nuestro autor en 1827  en el día supuestamente más caluroso del año . Páginas 40 y 41.

Fotografía procedente de: http://romanchurches.wikia.com/wiki/File:Sant_andrea_della_valle_051211-01.JPG

domingo, 6 de julio de 2014

Santa María la Mayor



6 de julio de 1828

Basílica de Santa María la Mayor

Esta iglesia debe su origen a un milagro por el estilo del que le ocurrió a Migné en 1826.  A Migné se le apareció en el cielo una cruz inmensa; en Roma, en la noche del 4 al 5 de agosto del año 352, el papa San Liberio y Juan Patricio, rico ciudadano, tuvieron la misma visión. Al día siguiente, 5 de agosto, una nevada milagrosa cubrió exactamente el espacio que hoy ocupa la Basílica de Santa María la Mayor. Por causa del milagro, se le llamó al principio Santa María ad Nives y Santa Maria Liberiana, y finalmente Santa María la Mayor, porque es la más grande de las veintiséis iglesias consagradas en Roma a la Madre del Salvador.

En 432, el papa Sixto III agrandó esta basílica y le dio la forma que tiene hoy. Varios papas  la enriquecieron, y por último Benedicto XIV (1745) hizo reconstruir la fachada principal. Es una lástima que no se conserve la fachada primitiva, que era un pórtico de ocho columnas y un gran mosaico ejecutado por Gaddo Gaddi y Rossetti, contemporáneo de Cimabue. Era la buena época: los pintores adoraban su arte, y la pasión es persuasiva.



Benedicto XIV, Lambertini, mandó hacer esta fachada sobre planos de Fuga. Tiene dos órdenes: el pórtico
inferior, que es jónico con frontispicios, y el superior es corintio y tiene tres arcos. Subimos al pórtico superior para ver el mosaico verdaderamente cristiano de Gaddo Gaddi; en la planta baja, al lado de la puerta, hay una mala estatua de Felipe IV, que mandó oro para decorar esta iglesia, una de las cinco patriarcales.

Gracias a este oro, esta basílica parece un salón magnífico y no un lugar terrible, morada del Todopoderoso.
Verdad es que el artesonado es de una magnificencia verdaderamente regia; aquí se empleó el primer oro venido de las Indias. Treinta y seis soberbias columnas jónicas de mármol blanco dividen este inmenso salón en tres partes, de las cuales la del medio es mucho más elevada y más clara que las otras. Se cree que estas columnas proceden del Templo de Juno. Hay que pasar rápidamente ante las mediocres tumbas de Nicolás IV y de Clemente IX, para llegar a la magnífica capilla de Sixto V, en la cual reposa este papa. Este gran príncipe tuvo la fortuna de encontrar en el caballero Fontana un arquitecto un poco superior a lo mediocre. La estatua de Sixto V se mira sólo para buscar en ella la fisonomía del mismo. San Pío V, inquisidor, ocupa frente a aquel gran hombre una bella urna de verde antiguo. Esta capilla está toda revestida de mármoles preciosos, pero los cuadros, los bajorrelieves y las estatuas son mediocres.

Cuatro ángeles de bronce dorado sostienen encima del altar un magnífico tabernáculo también de bronce
dorado, en el que se conserva una parte de la cuna de Jesucristo. Entre todos los frescos que cubren las paredes de la capilla de Sixto V y de la sacristía vecina, hemos visto con gusto algunos paisajes de Paul Bril.
El altar mayor de la basílica está bajo un magnífico baldaquino sostenido por cuatro columnas de pórfido
y de orden corintio, rodeadas de palmas doradas. Este ornamento está coronado por seis ángeles de mármol; el altar está hecho de una urna antigua de pórfido que dicen perteneció a la tumba de Juan Patricio y su esposa.

El mosaico que está al fondo de la tribuna es de Turrita, hombre de talento que contribuyó al renacimiento
del arte. Los otros mosaicos de esta iglesia nos han interesado porque se remontan al año 434, y muestran lo que era el arte en Italia antes del Renacimiento (que tuvo lugar hacia 1250). El papa Paulo V eligió Santa
María la Mayor para su tumba (1620); hay que reconocer que su capilla es magnífica. Junto a su tumba mandó poner la de Clemente VIII, que le había hecho cardenal. Las estatuas de los dos papas son de Silla, de Milán. Es lástima que Paulo V, que tenía el genio de un gran señor, no encontrara un escultor mejor; su capilla está abarrotada de estatuas y de bajorrelieves, en los que se prodigaron los mármoles más ricos.

En medio de tantos objetos de arte, sólo hay que pararse en los frescos de las paredes laterales y en los arcos de las ventanas, así como en la tumba de Paulo V; estos frescos figuran entre las buenas obras de Guido Reni. Son los santos griegos y las emperatrices canonizadas; pero ¿qué importan los nombres que se den a estas figuras? La imagen de la Virgen, que está en el altar, fue pintada por San Lucas; está sobre un fondo de lapislázuli, rodeada de piedras preciosas y sostenida por cuatro ángeles de bronce dorado. Sobre la cornisa de este altar hay un bajorrelieve también de bronce dorado, representando el milagro de la nieve que dio lugar a la fundación de esta basílica.

Esta capilla de Paulo V y la del papa Corsíni, en San Juan de Letrán, dan la idea de la magnificencia y despertarían el gusto un poco obtuso de las gentes del Norte o de los habitantes de América; en Roma son poco consideradas.



Santa María la Mayor tiene dos fachadas; la del norte, que se ve desde la calle que va a la Trinitá dei Monti, fue hecha por orden de los papas Clemente IX y Clemente X (1670).

Sixto V hizo trasladar a la solitaria plaza a que da esta fachada un obelisco de granito rojo sin jeroglíficos. El
emperador Claudio lo había traído de Egipto, y estaba tirado ante el Mausoleo de Augusto, donde fue encontrado, así como el obelisco de Monte Cavallo; mide cuarenta y dos pies de alto y el pedestal veintiuno.

La calle por la que hemos ido de aquí a la Plaza de la Columna Trajana es curiosa por las subidas y bajadas.
Me ha parecido habitada por el pueblo modesto; las conversaciones que se oyen en ella revelan un carácter
sombrío, apasionado y satírico; la alegría de este pueblo es embriaguez. [...]

Es lo que escribe nuestro autor en el día de hoy de 1828, en las páginas 354 a 358 de la edición que seguimos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Funerales de León XII, 2

Anoche hemos asistido, por gran favor, a un espectáculo lúgubre. En esta inmensa iglesia de San Pedro, unos carpinteros, alumbrados por siete u ocho antorchas, clavaban definitivamente el ataúd de León XII. Unos albañiles lo alzaron luego con unas cuerdas y una grúa hasta encima de la puerta, donde reemplaza a Pío VII. Estos obreros no han dejado de bromear todo el tiempo; eran bromas maquiavélicas, agudas, profundas y malévolas. Estos hombres hablaban como los demonios de la Panhypocrisiade de Lemercier; nos hacían daño. Una de nuestras compañeras de viaje, que tenía lágrimas en los ojos, obtuvo el honor de dar dos martillazos para clavar un clavo. Jamás olvidaremos este lúgubre espectáculo; hubiera sido menos horrible si hubiésemos amado a León XII.

Por fin han terminado las exequias.

El cardenal della Somaglia acaba de cantar una misa del Espíritu Santo con ocasión de la apertura del Cónclave. Esta ceremonia ha tenido también lugar en la capilla del coro, en San Pedro, cuya barandilla dorada está ornada de tantas estatuas desnudas. Este contrasentido nos ha perseguido todo el tiempo de las exequias. Hoy, monseñor Testa ha predicado en latín sobre la elección del Papa. Demasiado aburrido y falso; todo el mundo parecía pensar en otra cosa.

El partido ultramontano entre los cardenales se llama, no sé por qué, el partido sardo; hoy dicen que saldrá vencedor. El papa futuro continuará el reinado de León XII en lo interior y no tendrá la misma moderación en sus relaciones con las potencias extranjeras. Estos viejos cardenales tienen que tener el corazón de
bronce para resistir a la perspectiva de los últimos momentos de León XII. Yo quisiera, ante todo, ser amado por los que me rodean.

Esta tarde, a las veintidós (dos horas antes de la puesta del sol) fuimos a ver la procesión de los cardenales entrando en el Cónclave. Esta ceremonia ha tenido lugar en la Plaza de Monte Cavallo, en torno a los caballos de tamaño colosal. La cruz que precedía a los cardenales estaba vuelta hacia atrás, es decir, que estos señores podían ver el cuerpo del Salvador. Todas estas cosas tienen un sentido místico que monseñor N... tiene la bondad de explicarnos. Cada cardenal iba acompañado de su conclavista, que, según creo, toma el título de barón al salir del Cónclave.

Como a la reunión de los cardenales se le rinden los honores debidos a un soberano, estos señores estaban
rodeados de guardias nobles y de suizos de gran uniforme del siglo XV. Este uniforme nos ha parecido de muy buen gusto en esta ocasión.

La procesión comenzaba por los cardenales obispos; hemos contado cinco: Sus Excelencias della Somaglia,
Pacca, Galeffi, Castiglioni y Beccazzoli. El pueblo decía en torno a nosotros que uno de estos señores será papa. Detrás de ellos iban veintidós cardenales sacerdotes, con el cardenal Fesch a la cabeza, y por último, cinco cardenales diáconos. Monseñor Capeletti, gobernador de Roma y director general de la policía, caminaba al lado del cardenal decano, monseñor della Somaglia. Esta procesión fue recibida a la puerta del Cónclave por una comisión de cinco cardenales, entre los que estaba el cardenal Bernetti; por esta razón no le vimos en la procesión, donde le buscaban con los ojos todos los extranjeros, y sobre todo los que han llegado hoy. Nos fuimos a comer, y, como unos verdaderos papanatas, volvimos a la Plaza de Monte Cavallo a las tres de la noche (ocho y media de la noche) a esperar las tres campanadas famosas. Sonaron; salieron del Cónclave todas las personas ajenas al mismo; el príncipe Chigi montó su guardia, y los cardenales quedaron encerrados.

¿Cuándo saldrán? Todo esto puede ser largo. No se decidirá nada hasta que llegue el cardenal Albani, legado en Bolonia, que tiene el secreto de Austria, es decir, que está encargado de su veto (ya sabéis que en el Cónclave de 1823, el cardenal Albani puso el veto al cardenal Severoli).

Ya se supone que no puedo decirlo todo. Circulan por Roma versos deliciosos; es la fuerza de Juvenal unida a la locura de Aretino.

Estos versos dicen que hay tres partidos bien constituidos: el partido sardo o ultra, que pretende que hay que gobernar a la Iglesia y los Estados del papa del modo más severo. Este partido lo dirige el cardenal Pacca.

El partido liberal, dirigido por el cardenal Bernetti.

El partido austriaco del centro, cuyo jefe es el cardenal Galecti, un hombre instruido y amante de las artes.
Lo singular para nosotros, ignorantes, es que los jesuitas son del partido del centro. ¿Es para traicionarle? «Il tempo è galantuomo», dice monseñor N...; es decir, que sabremos la verdad cuando acabe el Cónclave.

¿La esperaremos en Roma? Pensábamos ponernos en camino en cuanto se cerrase el Cónclave. Pero hace frío, y vamos al norte con la tramontana de frente; pero nuestras compañeras de viaje desean ver la coronación de un papa. Acaba de quedar decidido, bien a pesar mío, que esperaremos este gran acontecimiento tres días. Nuestros amigos ingleses han hecho apuestas enormes sobre esto. Apuestan mil quinientas guineas contra mil a que el Cónclave durará más de treinta veces veinticuatro horas, o sea más de setecientas veinte horas. [...]

Es lo que escribe nuestro autor el 23 de febrero de 1829. Páginas 497 a 500.

martes, 18 de febrero de 2014

Mausoleo de Pío VII (18 de febrero de 1829)


 Mausoleo de Pío VII (Imagen procedente de Wikimedia)

Los cardenales llegan en tropel. El rey de Baviera ha ido a ver el mausoleo de Pío VII, en casa de M. Thorvaldsen. Este mausoleo está dispuesto justamente en el momento conveniente. León XII va a ser colocado encima de una puerta, cerca de la capilla del coro, en San Pedro, donde reemplazará al buen Pío VII. Los restos de este papa los depositarán en el subterráneo de San Pedro, hasta el momento en que sean colocados en los cimientos del mausoleo. Ya sabéis que es el cardenal Consalvi el que, en su testamento, ha dispuesto que su señor tuviera una tumba. Pasados los nueve días de los funerales solemnes, el Estado no hace nada aquí por un papa muerto. Se habla ya de León XII como si hubiera fallecido hace veinte años.

El cardenal Albani no quiere admitir en San Pedro la tumba de Pío VII que acaba de terminar Thorvaldsen. La razón es que Thorvaldsen es un hereje.

Al rey de Baviera le han gustado tanto las tres estatuas destinadas el monumento de Pío VII, que ha condecorado en el acto a M . Thorvaldsen con la cruz de comendador de su orden. Este nuevo honor no da resultado en Roma; dicen que el artista es un falso infeliz y un gran diplomático. Acaso en esto es la envidia la que habla; M. Thorvaldsen tiene ocho o diez condecoraciones. Como yo no admiro apenas sus obras, no he intentado que me presenten a él. […]

18 de febrero de 1829, páginas 496 y 497.

viernes, 14 de febrero de 2014

Funerales del Papa (14 de febrero de 1829)


Fotografía: Wikimedia

Los funerales del Papa han comenzado hoy en San Pedro; durarán nueve días, según costumbre. A las once de la mañana estábamos ya en San Pedro. Monseñor N. ha tenido la bondad de explicarnos todo el ceremonial que vemos desarrollarse ante nosotros. El catafalco del Papa ha sido levantado en la capilla del coro; está rodeado de guardias nobles, vestidos con su bello uniforme rojo con dos charreteras de coronel doradas. El cadáver del Papa no está todavía en el catafalco.

Hemos asistido a una misa solemne dicha ente esta catafalco. Ha oficiado el cardenal Pacca en su calidad de vicedecano del Sacro Colegio. El cardenal Pacca es el candidato del partido ultramontano, y tiene muchas probabilidades de suceder a León XII. Le encuentro una fisonomía inteligente. Todos los extranjeros asisten a esta misa.

Se pronunciaban los nombres de los cardenales, se estudiaba su fisonomía. Ocho o diez de estos señores tienen un aire grave o más bien enfermizo. Los demás hablan mucho entre ellos, y como lo harían en un salón.

Después de la misa, los cardenales se han ido a gobernar el Estado. La sesión ha tenido lugar en la sala del Capítulo de San Pedro. Han confirmado a todos los magistrados. Los conservadores de Roma han ido a recitarles un discurso de dolor sobre la muerte de León XII, la cual alegra a todo el mundo. Por lo demás, lo mismo habría ocurrido si este Papa hubiera sido un Sixto V. Los cardenales encargados de hacer preparar las pequeñas habitaciones para la celebración del Cónclave en el palacio de Monte Cavallo, han dado su informe.

Mientras los cardenales gobernaban, el clero de San Pedro ha ido a buscar el cadáver de León XII a la capilla donde estaba expuesto. Han cantado un Miserere bastante mal. Llegado el cadáver del Papa a la capilla del coro, han vuelto los cardenales. El cadáver está magníficamente vestido de blanco; lo han colocado, con pompa y conformándose estrictamente a un ceremonial muy complicado, en un sudario de seda carmesí adornado de bordados y de franjas de oro. Han sido depositadas en el féretro tres bolsas llenas de medallas y un pergamino con la historia de la vida del Papa. 

Las cortinas de la gran puerta de la capilla del coro estaban cerradas; pero algunos extranjeros protegidos fueron introducidos furtivamente en la tribuna de cantores. 

Un notario levanta acta de todas las ceremonias de que os doy cuenta muy sumariamente. Una justa desconfianza informa todo lo que ocurre en la muerte de un papa. Pues, al fin y al cabo, el papa difunto no tiene familia presente, y los personajes encargados de elegirle un sucesor podrían enterrar a un papa vivo. […]

14 de febrero de 1829 – pp.494-496

lunes, 10 de febrero de 2014

Muerte de León XII (10 de febrero de 1829)

Nos despiertan a las nueve; ha muerto León XII. Annibale della Genga había nacido el 2 de agosto de 1760; ha reinado cinco años, cuatro meses  y trece días. Acaba de expirar, sin dolores aparentes, a los ocho y media.

Hemos ido a toda prisa al Vaticano. Hace un frío muy agudo.

El 4 de febrero Su Santidad había concedido una audiencia de una hora a nuestro amigo el joven noble ruso y a dos ingleses. El Papa parecía de muy buen humor y con buena salud. La conversación giró sobre los uniformes de las diferentes armas del ejército ruso y del ejército prusiano. “El Papa me pareció muy feo –nos decía M. N.-; tiene completamente el tono de un viejo embajador inteligente, muy sutil y acaso un poco perverso. El Papa bromeó varias veces, y muy bien. Se burlón indirectamente de uno de los cardenales que nombró en último lugar”.

El cardenal Galeffi, camarlengo, ha reunido el tribunal de la Reverenda Camera Apostolica, y a la una del día entró en el cuarto de papa finado. Después de una breve oración, el camarlengo se acercó al lecho; levantaron el velo que cubría la cabeza del difunto, el camarlengo  reconoció el cuerpo y monsignor maestro di Camera le volvió a poner el anillo del pescador.

A la salida del Vaticano, el camarlengo, que representa ahora al soberano, fue seguido de la guardia suiza, vestida con su gran uniforme del siglo XV, mitad amarillo mitad blanco. A su paso le han rendido todos los honores militares. Luego, se ha ocupado de la toilette del papa difunto; le ha vestido y afeitado; dicen que le han puesto un poco de colorete. Velan el cadáver los penitenciarios de San Pedro. Se ha procedido a embalsamarle; luego, cubrirán el rostro con una mascarilla de cera muy parecida.

A las diez, el senado de Roma, oficialmente enterado de la muerta del Papa, ha mandado tocar la campana grande del Capitolio. Por orden del cardenal Zurla, vicario, han respondido a este toque todas las campanas de Roma. Este momento ha sido bastante imponente. Al son de todas las campanas de la Ciudad Eterna hemos comenzado nuestras visitas de despedida a sus más bellos monumentos. Nuestros asuntos nos reclaman en Francia, y pensamos salir para Venecia en cuanto se clausure el Cónclave.

Es lo que escribe nuestro autor el 10 de febrero de 1829. Páginas 493 y 494 del volumen.

domingo, 22 de diciembre de 2013

22 de diciembre de 1848 (Bonchamps)


  Charles de Bonchamps, por P.J. David

Esta mañana hemos visto muchas estatuas modernas que pretenden representar héroes o supuestos héroes muertos hace años.

Nada de todo esto se aproxima al Bonchamps de M. David. En la iglesia de la pequeña ciudad de Saint-Florent, en Vendée, el marqués de Bonchamps, herido de muerte, está representado en su tumba en el momento en que ordena perdonar la vida a cinco mil soldados republicanos que acaban de ser hechos prisioneros en la batalla de Cholet. La herida del héroe ha permitido a M. David representarle medio desnudo. Nada más sencillo, más verídico,y, por consiguiente, nada más impresionante que esta estatua, de tamaño mayor que el natural. Está en la misma iglesia donde fueron encerrados los cinco mil prisioneros de guerra salvados por la palabra de Bonchamps.

En los bustos de la escultura moderna en Italia hay algo de blando y de bobo; véase el busto de lord Byron por M. Thorvaldsen; véanse los bustos reunidos en el Capitolio, en lo que ellos llaman la Protomoteca, a la derecha yendo a la plaza. No hemos visto nada, no diré superior, pero ni siquiera comparable a los bustos de MM. De Béranger, Chateaubriand, La Fayette, Grégoire, Rouget de Lisie, Rossini, por M. David. […]

Imagen procedente de: Wikipedia.

Escrito por nuestro autor el 22 diciembre 1828.

Pp. 474-5 de la edición mentada.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las colinas de Roma (17 de noviembre de 1827)


Colinas de Roma
Foto:  tomada del blog Mujeres de Roma

Roma incluye entre sus murallas diez u once colinas que bordean el Tíber y lo hacen un río rápido y encajonado. Estas colinas parecen dibujadas por el genio de Poussin para ofrecer a los ojos un placer grave y en cierto modo fúnebre. A mi juicio, Roma es más bella en un día de tempestad. No le va bien el sol hermoso y tranquilo de un día de primavera. Este suelo parece hecho expresamente para la arquitectura. Desde luego no hay aquí un mar delicioso como en Nápoles, y falta la voluptuosidad; pero Roma es la ciudad de los sepulcros; la felicidad que aquí se puede imaginar es la felicidad sombría de las pasiones y no la voluptuosidad amable de la ribera del Posilipo

Tumba de Cecilia Metella
Fuente: Wikipedia

¡Qué vista más singular la del priorato de Malta, construido sobre la cima occidental del monte Aventino, que por la parte del Tíber termina en un precipicio! ¡Qué profunda impresión producen, vistos desde la altura, la tumba de Cecilia Metella, la Via Appia y la campiña de Roma! Al otro extremo de la ciudad, hacia el norte, ¿hay algo preferible a la vista que se domina del monte Pincio, ocupado en otro tiempo por tres o cuatro conventos y transformado por el gobierno francés en un magnífico parque? ¿Podéis creer que los frailes solicitan la destrucción de este parque, el único que existe en Roma para el público? El cardenal Consalvi fue un impío a los ojos de los curas rurales que tomó por colegas, porque no adjudicó exclusivamente a una veintena de frailes agustinos la deliciosa vista de la campiña romana y del monte Mario, situado frente al Pincio. Nada asegura que los agustinos o camaldulenses no sean reintegrados en sus derechos. Las elevadas colinas que bordean el Tíber en Roma forman valles tortuosos y profundos. Los laberintos determinados por estos pequeños valles y las colinas parecen dispuestos, según la frase del famoso arquitecto Fontana, para dar lugar a la arquitectura y poner de relieve lo más bello que tiene. 

He visto a romanos pasar horas enteras en muda admiración, apoyados en una ventana de la Villa Lante, frente al monte Gianicolo. A lo lejos se divisan las bellas figuras formadas por el Palacio de Monte Cavallo, el Capitolio, la Torre de Nerón, el monte Pincio y la Academia de Francia, y bajo los ojos, al pie de la colina, se domina el Palacio Farnesio. Jamás las casas de Londres y París juntas, aunque estuviesen adornadas con una elegancia cien veces mayor, darán la menor idea de esto. En Roma, hasta una simple cochera suele ser monumental.


Hackert, Panorama di Roma da Monte Mario
Imagen procedente de Lazio Segreto

No es en las colinas donde se construyó la calle del Corso y la Roma actualmente habitada, sino en el llano, junto al Tíber y al pie de los montes. La Roma moderna ocupa el Campo de Marte de los antiguos; aquí venían Catón y César a hacer los ejercicios gimnásticos necesarios  al general lo mismo que al soldado antes de la invención de la pólvora. [...]

La Roma habitada termina al sur en el monte Capitolino y  la roca Tarpeya, al oeste, en el Tíber, pasado el cual no hay más que algunas malas calles, y al este, en los montes Pincio y Quirinal. Las tres cuartas partes de Roma al este y al sur, el monte Viminal, el monte Esquilino, el monte Celio, el Aventino, son solitarias y silenciosas. Reina en ellas la fiebre y se cultiva la vid. En medio de este vasto silencio se encuentra la mayor parte de los monumentos que va a buscar la curiosidad del viajero.

Es lo que escribe nuestro autor tal día como hoy de 1827. Páginas 106 a 108.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Libros de viajes sobre Italia (11 de noviembre de 1827)


Los mejores viajes por Italia son los de Forsyth, De Brosses, Misson, Duclos, Lalande. Las memorias de Casanova, edición de Leipzig, pintan muy bien las costumbres anteriores a los cañonazos del puente de Lodi (1796). El viaje más curioso por lo ridículo es del cura Eustace, que dice que en Roma la administración francesa quería vender los materiales de San Pedro. Algunos ingleses enrojecen de cólera cuando se les recuerda que Napoleón gastaba millones en desenterrar la basílica próxima a la columna de Trajano, la columna de Focas, el templo de la Paz, etcétera. Como el siglo es desconfiado, voy a citar a M. Eustace.

            “Whan then will be… the horror of my reader when I inform him… the french commttee turned its attention to Saint Peter’s and employed a company of Jews to estimate and purchase the gold, silver and bronze, that adorn the inside of the edifice, as well as te copper that convers the vaults and dome on the outside!”.

Este libro ha alcanzado ocho ediciones en Inglaterra, y lo vemos en manos de todos los viajeros de la clase alta. Muy grande tiene que ser Francia para suscitar un odio tan furibundo.

Burke, el Chateaubriand de Inglaterra, ha dicho de nosotros cosas peores.

Los viajantes de comercio franceses que recorren Italia se saben de memoria los chistes del presidente Dupaty, tan ridículo como Eustace. Su viaje, protegido por los industriales, ha alcanzado la cuarta edición, y el del presidente De Brosses solo ha llegado a la segunda. […]

pp. 105 y 106


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Murallas y colinas (6 de noviembre de 1827)


Porta Maggiore
Porta Maggiore. Puerta en la muralla aureliana.

Hoy nos hemos despertado con la curiosidad de estudiar más exactamente la situación de las diversas murallas de Roma.

Hace falta un plano de la Roma antigua y buscar las murallas construidas por Rómulo. Es aproximadamente como París, que se encuentra primero en una pequeña parte de la isla Notre-Dame. Este cobijo de bandoleros valientes que se llama Roma no ocupó al principio más que el monte Palatino (hoy Villa Farnesio) y luego el monte Capitolino. Numa, al que supongo por el momento el sucesor inmediato de Rómulo, incluyó en la ciudad una parte del monte Quirinal.

Tulo Hostilio, que es considerado como el tercer rey de Roma, después de destruir Alba, trasladó a los ciudadanos a su ciudad, según las costumbres de aquellos tiempos primitivos, y los instaló en el monte Celio (donde está hoy la Villa Mattei). Desde lo alto del monte Celio, que fue encerrado entre las murallas de Roma, los albenses veían las ruinas de su patria.

Anco Marcio, sucesor de tulio, destruyó las ciudades de Telena, Ficana y Politorio; trasladó a sus habitantes al monte Aventino (donde está hoy el priorato de Malta) y encerró este monte en el recinto de Roma. Construyó sobre el Tíber un puente de madera, que luego se hizo célebre por el valor de Horacio Cocles. Hubiera sido sumamente imprudente construir un puente sin defenderlo con una fortaleza, y Anco Marcio construyó una ciudadela sobre el Gianicolo, posición muy importante, pues la ciudades de Etruria, dominadas por los sacerdotes, gobernadas bajo ellos por reyes y con un grado de civilización muy avanzado, comenzaban a tener celos de Roma; los reyes de Etruria, o Locumones, contrariados por los sacerdotes, no atacaron Roma bastante a tiempo para destruirla, pero le hicieron correr grandes peligros, y finalmente, después de varios siglos de guerras continuas, durante las cuales los romanos adoptaron en parte la religión de Etruria, este país acabó por ser conquistado. Perdóneseme esta discreción que traza la posición militar de Roma durante los primeros siglos de su existencia. El peligro venía casi siempre de la orilla derecha del Tíber, del lado etrusco.

Servio Tulio rodeó toda la ciudad de murallas muy sólidas, hechas con bloques cuadrados de piedra volcánica. Hizo una fortificación llamada Agger, desde el extremo oriental del Quirinal hasta el sitio que ocupa hoy la iglesia de Santo Vito, junto al Esquilino. Roma comprendía entonces siete colinas al este del Tíber; de aquí el nombre de Septicollis. Se ve que, al darle este nombre, no se fijaron en la fortaleza construida dobre el Gianicolo (orilla derecha del Tíber). La muralla de Servio Tulio era de unas ochos millas; incluyó dos montes en la ciudad: el Viminal y el Esquilino, así como una parte del Quirinal.

Desde Servio Tulio hasta el emperador Aureliano, Roma, que se fue haciendo poderosa, se defendió con sus ejércitos y no se vio obligada a pensar en la fuerza de sus murallas. Pero Aureliano temió que los bárbaros, en alguna de sus incursiones, se apoderasen por sorpresa de la capital del imperio. Comenzó una muralla nueva que fue acabada por Probo, sucesor de Tácito.

Dibujo del exterior de la tumba de Bíbulo.
Procedencia: http://www.zazzle.es

Nuestro estudio de hoy ha tenido por objeto hacernos una idea clara de  la Roma que habitaron los héroes. Hemos vuelto a ver la tumba de Cayo Poncio Bíbulo, en la plaza Marcel de Corvi, al principio de la cuesta de Marforio, en el extremo meridional del Corso. Este venerable monumento fue erigido fuera de las murallas de Servio Tulio para honrar la memoria de un ciudadano que había merecido bien de la patria. Es de piedra calcárea y lleva cuatro pilastras que soportan una bella estatua.

En el estudio de estas antigüedades remotas, lo esencial es admitir como probable lo que es probable y no creer más que lo probado; no hablo de pruebas matemáticas; cada ciencia tiene diferente grado de certeza.

Dicen que la muralla de Aureliano tenía casi cincuenta millas de extensión; el contemporáneo Vopiscus lo asegura.

 Murallas Aurelianas
Murallas Aurelianas.

Ya sabéis que las murallas actuales no tienen más que dieciséis millas; la parte más antigua se remonta sólo al año 402, y fue levantada por orden de Honorio. Hay que hacerse una idea clara de las diez u once colinas sobre las que se extiende Roma, y estudiar su historia. El monte Capitolino con sus dos cimas; el monte Celio, llamado primero Querquetulario por las encinas que lo cubrían, etc.

Gracias a inmensos trabajos, lo monumentos antiguos de Roma han cambiado por completo de aspecto desde 1809, y la ciencia que se ocupa de ellos se ha vuelto más razonable.

He abreviado mucho el artículo anterior, y, sin embargo, temo que sea todavía muy aburrido. Ahorrará investigaciones pesadísimas a los viajeros curiosos de esta clase de detalles. Espero que los otros saltarán de cuando en cuando ocho o diez páginas. […]

Los etruscos […] fueron discípulos de los egipcios y maestros de los romanos; pero los romanos, que ante todo pensaban en la guerra, no tomaron al principio más que su religión, y durante mucho tiempo rechazaron las artes. Los patricios querían la por causa del juramento; era la ley del reclutamiento en Roma. Los etruscos sabían construir canales, según dicen sus amigos: tenían una arquitectura muy adelantada. Ved Volterra. ¿Deduciremos de la forma piramidal de la tumba de Porsenna (dudoso) que los etruscos admiraban las pirámides de Egipto? La forma piramidal ¿no la sugieren los montones de piedras formados en las esquinas de los campos de los países montañosos como Toscana? Los etruscos habían inventado –al parecer- la bóveda, ese milagro de la nueva arquitectura desconocido por los egipcios.

Para inocular una religión a un pueblo basta con un hombre triste y tierno como J.-J. Rousseau. Si este hombre lleva el amor al poder, o el pique de amor propio contra sus enemigos, hasta hacer que le quemen vivo, su religión progresa mucho más rápidamente. Así, dad el valor de una mujer de Calcuta a San Pablo, y la nueva religión toma alas.

Probablemente había en Etruria una casta que hacía trabajar a los tontos en provecho de ella. Esta casta tenía secretos mágicos […]

¿Es el aire del Vaticano a propósito para inspirar la credulidad? ¡Qué hermoso sitio para reunir en él una asamblea de arqueólogos!

El alfabeto de los etruscos se derivaba, como todos los demás, del de los fenicios, ese pueblo de industriales. Los etruscos no habían recibido sus cartas de los griegos, puesto que escribían de derecha a izquierda y suprimían las vocales breves, como los hebreos.

La extraña aspiración que se observa en el modo de hablar italiano de Florencia, procede de los etruscos.

Es lo que escribe nuestro autor el mismo día de hoy (6 de noviembre) de 1827. Páginas 99 a 103 de la edición que seguimos.


martes, 5 de marzo de 2013

Elección de un nuevo papa (5 de marzo de 1829)

[Tras muerte de León XII, nuestro autor nos cuenta las ceremonias para la elección del nuevo pontífice]


Al ir a la Plaza de Monte Cavallo, hemos encontrado tres procesiones que hacen para pedir al Cielo la pronta elección de un soberano pontífice. El último artesano de Roma sabe bien que la elección no tendrá lugar en los primeros escrutinios, que no pueden dar ningún resultado, son de pura cortesía; los cardenales dan su voto a aquellos de sus colegas a quienes quieren honrar con una pública prueba de estimación.

Hemos asistido a la fumata  y a las estrepitosas carcajadas que provoca siempre.  He aquí de qué se trata:

De la ventana más próxima a la que ha sido tapiada en la fachada de Monte Cavallo, que mira a los caballos de dimensiones colosales, sale un tubo de chimenea de ocho a diez pies de largo. Este tubo desempeña un gran papel durante el Cónclave.

Sabemos por los diarios que los nobles reclusos votan todas las mañanas. Cada cardenal, después de hacer una breve oración, va a depositar en un cáliz colocado en el altar de la Capilla Paulina una cartita lacrada. Esta carta, doblada de un modo especial, contiene el nombre del cardenal electo, una divisa tomada de la Escritura y el nombre del cardenal elector.

Cada noche se procede a la revotación entre los candidatos que han obtenido votos por la mañana. La cartita lacrada contiene estas palabras: <<Accedo domino N.>>.

A este voto no debe añadirse ninguna razón. Observad bien esto. Esta ceremonia de la noche ha tomado el nombre de accession; a veces un cardenal, descontento de las elecciones indicadas por la mañana, escribe en su billete de la noche: <<Accedo nemini.>>.

Dos veces al día, cuando los cardenales encargados del escrutinio han visto que ningún candidato ha obtenido los dos tercios de los sufragios, queman las papeletas, y el humo sale por el tubo de que acabo de hablar; esto es lo que se llama la fumata. Esta fumata provoca cada vez una gran risa en la multitud que se aglomera en la plaza de Monte Cavallo, y que piensa en la decepción de las ambiciones; todo el mundo se retira diciendo: "Vamos, hoy no tenemos papa".


Es lo que escribe Stendhal el 5 de marzo de 1829, en las páginas 501 y 502 de nuestra traducción.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Funerales por el Papa León XII (20 febrero 1829)


“Acaban de erigir un magnífico catafalco en medio de la nave principal de San Pedro. Los ornamentos son de M. Tadolini [sic], el escultor. El arquitecto ha sido M. Valadier, [sic] conocido por la profanación del Arco de Tito. El catafalco no está nada mal.

Le han dado la forma general de una pirámide, pero han añadido muchos ornamentos, y justificados. Hay unos bajorrelieves que representan los hechos de León XII, y muchas inscripciones latinas del abate Amati. El cuerpo diplomático asistió a la ceremonia que ha tenido lugar en torno al catafalco. Estas ceremonias, siempre las mismas, comienzan a parecernos largas. En cambio, los ingleses, que se han apresurado a venir de Nápoles, se dedican a ellas con furor. En la carretera de Nápoles, se han pagado precios enormes por caballos de posta. […]”

Es lo que escribe nuestro autor el 20 de febrero de 1829 en la página 497. Pensamos que hay una errata en los nombres de pila que adjudica al escultor Tadolini y al arquitecto Valadier.