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lunes, 10 de noviembre de 2014

10 de noviembre de 1827 (Italia tiene siete u ocho centros de civilización)


[...] Italia tiene siete u ocho centros de civilización. El acto más sencillo se realiza de una manera completamente diferente en Turín y en Venecia, en Milán y en Génova, en Bolonia y en Florencia, en Roma y en Nápoles. Venecia, a pesar de las desventuras inauditas que van a aniquilarla, tiene la franca alegría; Turín, la biliosa aristocracia. La bondad milanesa es tan célebre como la avaricia genovesa. Para ser considerado en Génova, es preciso no gastar más que la cuarta parte de la renta,
y, si se es viejo y rico, jugar malas pasadas a los hijos; por ejemplo, introducir en sus contratos de bodas cláusulas insidiosas. Pero en este mundo todo está lleno de excepciones. La casa de Italia donde con más gracia se recibe a los extranjeros es la del señor marqués de Negro, en Génova. La situación de la Villetta, parque de este simpático hombre, es única por lo bella y pintoresca; y he conocido aquí un médico célebre que se enfada cuando los ingleses quieren pagarle una visita. A pesar de este rotundo contraste, no por esto deja de ser Génova la ciudad de la avaricia; diríase una pequeña ciudad del mediodía de Francia.

Los boloñeses son fogosos, apasionados, generosos y, a veces, imprudentes. En Florencia, hay mucha lógica, mucha prudencia y hasta mucho ingenio; pero en mi vida he visto hombres más exentos de pasiones; hasta el amor es aquí tan poco conocido, que el placer ha usurpado su nombre. Las pasiones grandes y profundas residen en Roma. En cuanto al napolitano, es esclavo de la sensación del momento; tan lejos está de acordarse de lo que sentía ayer, como de prever el sentimiento que le
agitará mañana. Creo que no se encontrarían en los dos extremos del universo unos seres tan opuestos y que se entiendan tan poco como el napolitano y el forentino.

Son más alegres los de Siena, que está sólo a seis leguas de Florencia, mientras que los de Arezzo son apasionados. En Italia, todo cambia cada diez leguas. En primer lugar, las razas son diferentes. Imaginemos dos islas del mar del Sur pobladas, por azar, de perros lebreles y de barbudos; una tercera está llena de épagneuls; una cuarta, de perrillos mopses ingleses. Las costumbres son diferentes. (gracias a lo exagerado de la comparación, captaréis todo el alcance de la diferencia que la experiencia pone entre el flemático holandés, el oriundo de Bérgamo, medio loco por la extremada viveza de sus pasiones, y el napolitano, medio loco por la impetuosidad de la sensación del momento.

Mucho antes de los romanos, Italia estaba dividida en veinte o treinta poblados, no sólo extraños los unos a los otros, sino enemigos. Estos estados, conquistados más o menos tarde por los romanos, conservaron sus costumbres y probablemente su lenguaje. Recobraron su individualidad cuando la invasión de los bárbaros, y reconquistaron su independencia en el siglo IX, cuando la creación de las célebres repúblicas de la Edad Media. Así, el efecto de la diferencia de las razas ha sido forti?cado por los intereses políticos.

¿Cinco o seis pequeños detalles de costumbres hubieran mostrado más claramente lo que he procurado indicar con estas frases tan graves?.

Es lo que escribe nuestro autor en la susodicha fecha en las páginas 103 a 105 de la edición que seguimos.

lunes, 18 de agosto de 2014

El Coliseo (18 de agosto)




La opinión corriente es que Vespasiano hizo construir
el Coliseo en el lugar donde estaban antes los estanques
y los jardines de Nerón; era aproximadamente el centro
de la Roma de César y de Cicerón. La estatua colosal de
Nerón, en mármol y de ciento diez pies, fue colocada
cerca de este teatro; de aquí el nombre de Colosseo.
Otros pretenden que este nombre viene de la extensión
sorprendente y de la altura colosal de este edificio.

Como nosotros, los romanos tenían la costumbre de
celebrar con una fiesta la inauguración de una casa nueva;
un teatro se inauguraba con un drama representado
con una pompa extraordinaria; una naumaquia, con un
combate de barcas; con carreras de carros, y sobre todo
con luchas de gladiadores, se celebraba la inauguración
de un circo; la caza de animales feroces, señalaba la
 fundación de un anfiteatro. Tito, como hemos visto,
presentó el día de la apertura del Coliseo un número enorme
de fieras que fueron muertas todas. ¡Qué dulce placer
para los romanos! Si nosotros no sentimos este placer
tenemos que agradecérselo a la religión de Jesucristo.

El Coliseo está construido casi por entero con bloques
de travertino, una piedra bastante fea llena de agujeros
la toba y de un blanco tirando a amarillo. La traen de
Tívoli. El aspecto de todos los monumentos de Roma
sería mucho más agradable al primer golpe de vista si
los arquitectos hubieran tenido a su disposición la bella
piedra empleada en Lyon o en Edimburgo, o bien el mármol
con el que están haciendo el Circo de Pola. (Dalmacia).

Sobre los arcos de orden dórico del Coliseo se ven números
antiguos; cada arco servía de puerta. Numerosas escaleras
a los pórticos superior y a las gradas. Así, en pocos instantes,
cien mil espectadores podían entrar y salir del Coliseo.

Dicen que Tito hizo construir una galería que, partiendo de su
palacio del Monte Esquilino, le permitía ir al Coliseo sin
pasar por las calles de Roma. Debía de desembocar entre los
 dos arcos marcados con los números 38  y 39. [...]

El arquitecto que construyó el Coliseo tuvo el valor de ser
sencillo. Se guardó de recargarlo de pequeños ornamentos
bonitos y mezquinos, como los que estropean el interior del
patio del Louvre. En Roma el gusto público no estaba
viciado por la costumbre de las fiestas y de las ceremonias
de una corte como la de Luis XIV. [...]

A los emperadores de Roma se les había ocurrido la
sencilla idea de reunir en su persona todas las magistraturas
 inventadas por la república a medida de las necesidades del
 tiempo. Eran cónsules, tribunos, etc. Aquí todo es
simplicidad y solidez; por eso las junturas de los inmensos
bloques de piedra, que se ven desde todas  partes, toman
un carácter impresionante de grandiosidad. El espectador
debe esta sensación, que se acentúa más aún en el recuerdo,
a la ausencia de todo pequeño ornamento; toda la atención
 se dedica a la masa de tan y magnífico edificio.


Recreación de la "arena"

La plaza en que tenían lugar los juegos y los espectáculos se
 llamaba arena, por la arena que esparcían en el suelo los
días de juegos. Dicen que esta arena estaba antiguamente
diez pies más baja que hoy. Estaba rodeada de un muro lo
bastante alto para impedir a los leones y a los tigres lanzarse
sobre los espectadores. Esto mismo se ve hoy en los teatros
de madera destinados en España a las corridas de toros. En
este muro había unas aberturas cerradas con verjas de hierro,
por donde entraban los gladiadores y las fieras y se sacaban
los cadáveres.

En Roma, el lugar de honor está sobre el muro que rodeaba
la arena, y se llamaba podium. Desde aquí se podía gozar de
la fisonomía de los gladiadores moribundos  y distinguir los
menores detalles de la lucha. Aquí se hallaban los sitios
reservados a las vestales, al emperador y a su familia, a los
senadores y a los principales magistrados.

Detrás del podium comenzaban las gradas destinadas al
pueblo; estas gradas estaban divididas en tres órdenes
llamados meniana. La primera división contenía doce
 gradas, y la segunda quince; eran de mármol. Las gradas
de la tercera división eran, según se cree, de madera. Hubo
un incendio, y esta parte del teatro fue restaurada por
Heliogábalo y Alejandro. La totalidad de las gradas podía
contener ochenta y siete mil espectadores, y se calcula
que podían colocarse otros veinte mil de pie en los pórticos
de la parte superior, construidos en madera.

Sobre las ventanas del piso más alto se distinguen unos
agujeros en los que se supone que se empotraban las vigas
del velarum. Estas vigas soportaban unas poleas y unas
cuerdas, con las cuales se maniobraban una serie de
inmensas bandas de lona que cubrían el anfiteatro para
preservar a los espectadores del ardor del sol. En cuanto
a la lluvia, yo no concibo muy bien cómo estos toldos
podían preservar de las lluvias torrenciales que caen en
Roma. Edificios comparables a éste en tamaño hay que
buscarlos en Oriente, entre las ruinas de Palmira, de Balbec
o de Petra; pero esos edificios asombran sin gustar. Más
vastos que el Coliseo, jamás nos producirán la misma
impresión. Están construidos según otras reglas de
belleza a las que nosotros no estamos acostumbrados.
Las civilizaciones que han creado esta belleza han desaparecido.

Esos grandes templos altos y huecos de la India o de
Egipto sólo evocan los recuerdos innobles del despotismo;
no estaban destinados a gustar a almas generosas. Diez mil
o cien mil esclavos han muerto de fatiga en esos trabajos
asombrosos.

A medida que conozcamos mejor la Historia antigua,
¡cuántos reyes no encontraremos más poderosos que
Agamenón, cuántos guerreros tan bravos como Aquiles!
Pero estos nuevos nombres carecerán de emoción para
 nosotros. Se leen las curiosas Memorias de Bober,
emperador de Oriente hacia 1340, y después de pensar
en ellas un instante, se piensa en otra cosa.



El Coliseo es sublime para nosotros porque es un vestigio
vivo de esos romanos cuya historia ha llenado nuestra
infancia. El alma encuentra relaciones entre las
grandezas de sus empresas y la de este edificio. ¿Qué lugar
en la tierra vio alguna vez una multitud tan grande y
pompas tales? Al emperador del mundo (¡y este hombre
era Tito!) lo recibían aquí los gritos de alegría de
cien mil espectadores; y ahora ¡qué silencio!

Cuando los emperadores trataron de luchar con la
nueva religión predicada por San Pablo, que anunciaba
a los esclavos y a los pobres la igualdad ante Dios, enviaron
al Coliseo a muchos cristianos a sufrir el martirio. Este
edificio fue, pues, muy venerado en la Edad Media;
por eso no ha sido destruido por completo. Benedicto XIV,
queriendo quitar todo pretexto a los grandes señores que,
desde hacía siglos, mandaban a buscar piedras al Coliseo
como a una cantera, hizo erigir alrededor de la arena
catorce pequeños oratorios, cada uno de los cuales  contiene
un fresco representando un paso de la pasión del Señor. En la
parte oriental, en un rincón de las ruinas, han hecho una
capilla en la que se dice misa; al lado, una puerta cerrada
con llave indica la entrada de la escalera de madera por
la que se sube a los pisos superiores.

Al salir del Coliseo por la puerta oriental, hacia San Juan de Letrán, hay un pequeño cuerpo de guardia de cuatro hombres y el inmenso arbotante de ladrillo, hecho por Pío VII para sostener esta parte de la fachada exterior a punto de derrumbarse.

Luego, cuando el lector se haya aficionado a estas cosas, hablaré de las conjeturas propuestas por los sabios sobre las construcciones encontradas bajo el nivel actual de la arena del Coliseo, cuando se hicieron excavaciones por orden de Napoleón (1810  a  1814). Invito de antemano al lector a no creer en este género más que lo que le parezca probado, cosa importante para sus goces; es inimaginable presunción de los ciceroni romanos.

Es lo que escribe nuestro autor el día 18 de agosto de 1827, en las páginas 53 a 57 de nuestro libro.

MÁS  FOTOS  AQUÍ

viernes, 15 de agosto de 2014

15 de agosto de 1827 (o Roma en 6 mañanas)*


Mi huésped ha colocado unas flores ante un pequeño busto de Napoleón que hay en mi cuarto. Mis amigos conservan definitivamente sus habitaciones en la Plaza de España, junto a la escalera que sube a la Trinità dei Monti.

Imaginad dos viajeros bien educados corriendo el mundo juntos; cada uno de ellos se complace en sacrificar al otro sus pequeños planes de cada día, y al final, del viaje resulta que se han importunado constantemente.

Cuando los viajeros son varios, si quieren ver una ciudad, pueden convenir la una de la mañana para salir juntos. No se espera a nadie; se supone que los ausentes tienen razones para pasar esa mañana solos.

En el camino se conviene que el que pone un alfiler en el cuello de su levita se hace invisible; y ya no se le habla. En fin, cada uno de nosotros podrá, sin faltar a la cortesía, pasear solo por Italia e incluso volverse a Francia; ésta es nuestra constitución escrita y firmada esta mañana en el Coliseo, en el tercer piso de los pórticos, sobre el sillón de madera colocado allí por un inglés. Por medio de esta constitución esperamos que nos querremos al volver de Italia lo mismo que al ir. [...]

Yo diría a los viajeros: al llegar a Roma, no os dejéis envenenar por ninguna opinión; no compréis ningún libro: demasiado pronto la época de la curiosidad y de la ciencia reemplazará a la de las emociones; alojados en la Via Gregoriana o, por lo menos, en el tercer piso de una casa de la Piazza Venezia, al final del Corso; evitad la vista y, más aún, el contacto de los curiosos. Si al visitar los monumentos por las mañanas tenéis el valor de llegar hasta el aburrimiento por falta de compañía, así fueseis el ser más apagado por la pequeña vanidad de salón, acabaréis por sentir las artes.

En el momento de entrar en Roma, tomad una calesa, 34 según que os sintáis dispuestos para sentir lo bello inculto y terrible. O lo bello bonito y ordenados, haced que os lleven al Coliseo o a San Pedro. Si fuerais a pie no llegaríais jamás, por la cantidad de cosas curiosas que se encuentran en el camino. No necesitáis ningún itinerario, ningún cicerone. En cinco o seis mañanas, vuestro cochero os hará hacer las cinco visitas siguientes:
 1.° El Coliseo  o San Pedro.
2.° La sala de Rafael en el Vaticano.
3.° El Panteón, y luego las once columnas, restos de la basílica de Antonino el Piadoso, con las cuales hizo Fontana, en 1695, el edificio de la Aduana terrestre. Aquí os llevan al llegar a Roma, si vuestro cónsul no os ha enviado una dispensa a Florencia. Aquí se aburre uno y pasa tres horas de mal humor. Una vez dejé al vetturino con mis llaves y entré en Roma como un paseante por la Porta Pia. Hay que seguir el camino exterior a las murallas, ala izquierda de la puerta del Popolo, bordeando el Muro Torto.
4.° El taller de Canova y las principales estatuas de este gran hombre dispersas en las iglesias y en los palacios: Hércules lanzando a Lycas al mar, en el bonito palacio del banquero Torlonia, duque de Bracciano, en la plaza de Venecia, al final del Corso; la tumba de Ganganelli en los Santos Apóstoles; las tumbas del papa Rezzonico y de los Estuardos en San Pedro, la estatua de Pío VI ante el altar mayor. Hay que acostumbrarse a no mirar en una iglesia más que lo que se ha ido a ver en ella.
5.° El Moisés, de Miguel Ángel, en San Pietro in Vincoli; el Cristo de la Minerva; la Pietá, en San Pedro, primera capilla a la derecha según se entra. Todo esto os parecerá muy feo, y os extrañará la honorable mención que aquí hago de ello.
6.° La Basílica de San Pablo, a dos millas de Roma, por la parte de Ostia. Observad, cerca de la puerta de la ciudad, al salir, la pirámide de Cestio. Este Cestio fue un financiero como el presidente Hénaut. Vivió en tiempos de Augusto.
7.° Las ruinas de las Termas de Caracalla, y al volver, la iglesia de San Stefano Rotondo; la columna trajana y los restos de la basílica descubierta a sus pies en 1811.
8.° La Farnesina, junto al Tíber, orilla derecha, parte etrusca. Aquí se encuentran las aventuras de Psiquis pintadas al fresco por Rafael. Id a ver la galería de Aníbal Carracci, en el palacio Farnesio, y la Aurora, del Guido, en el palacio Rospigliosi, Plaza de Monte Cavallo. Muy cerca de aquí, la iglesia de Santa María de los Ángeles, de Miguel Ángel: arquitectura sublime. La estatua de Santa Teresa en Santa María della Vittoria y, al volver, la bonita iglesita llamada Noviciado de los Jesuitas.
9.° La Villa Madama, a mitad de la falda del monte Mario. Es una de las cosas más bonitas hechas por Rafael en arquitectura. A la vuelta, ved la villa del papa Julio, a media legua de Roma cerca de la puerta del Popolo. Ved al lado el paisaje del Acqua Acetosa. El rey de Baviera ha hecho poner aquí un banco.
lO.° Las galerías Borghese, Doria, Sciarra y la galería pontificia, en el tercer piso del Vaticano.
1l.° Si os sentís dispuestos a ver estatuas haced que os lleven al Museo Pío Clementino (en el Vaticano) o a las salas del Capitolio. Las pobres cabezas que tienen el poder no permiten abrir estos museos más que una vez por semana; sin embargo, si el pueblo de Roma puede pagar los impuestos y ver un escudo, es porque un extranjero se ha tomado el trabajo de llevárselo.

Es imposible que alguna de estas cosas no os encante. Id a ver lo que os haya conmovido; buscad las cosas
parecidas. Es la puerta que la Naturaleza os abre para haceros entrar en el templo de las bellas artes. He aquí todo el secreto del talento del cicerone.


Son las recomendaciones que hace nuestro autor para ver lo más destacado de Roma en seis mañanas. Escrito el 15 de agosto de 1827.
*El subtitulo es nuestro.

martes, 12 de agosto de 2014

12 de agosto de 1827

"La primera locura se ha calmado un poco. Deseamos ver los monumentos de una manera completa. Ahora es así como gozaremos más de ellos. Mañana por la mañana vamos al Coliseo, y no lo dejaremos hasta haber examinado todo lo que hay que ver."

Es lo que escribe el 12 de agosto de 1827. Página 41 de nuestro libro.


martes, 18 de febrero de 2014

Mausoleo de Pío VII (18 de febrero de 1829)


 Mausoleo de Pío VII (Imagen procedente de Wikimedia)

Los cardenales llegan en tropel. El rey de Baviera ha ido a ver el mausoleo de Pío VII, en casa de M. Thorvaldsen. Este mausoleo está dispuesto justamente en el momento conveniente. León XII va a ser colocado encima de una puerta, cerca de la capilla del coro, en San Pedro, donde reemplazará al buen Pío VII. Los restos de este papa los depositarán en el subterráneo de San Pedro, hasta el momento en que sean colocados en los cimientos del mausoleo. Ya sabéis que es el cardenal Consalvi el que, en su testamento, ha dispuesto que su señor tuviera una tumba. Pasados los nueve días de los funerales solemnes, el Estado no hace nada aquí por un papa muerto. Se habla ya de León XII como si hubiera fallecido hace veinte años.

El cardenal Albani no quiere admitir en San Pedro la tumba de Pío VII que acaba de terminar Thorvaldsen. La razón es que Thorvaldsen es un hereje.

Al rey de Baviera le han gustado tanto las tres estatuas destinadas el monumento de Pío VII, que ha condecorado en el acto a M . Thorvaldsen con la cruz de comendador de su orden. Este nuevo honor no da resultado en Roma; dicen que el artista es un falso infeliz y un gran diplomático. Acaso en esto es la envidia la que habla; M. Thorvaldsen tiene ocho o diez condecoraciones. Como yo no admiro apenas sus obras, no he intentado que me presenten a él. […]

18 de febrero de 1829, páginas 496 y 497.

viernes, 14 de febrero de 2014

Funerales del Papa (14 de febrero de 1829)


Fotografía: Wikimedia

Los funerales del Papa han comenzado hoy en San Pedro; durarán nueve días, según costumbre. A las once de la mañana estábamos ya en San Pedro. Monseñor N. ha tenido la bondad de explicarnos todo el ceremonial que vemos desarrollarse ante nosotros. El catafalco del Papa ha sido levantado en la capilla del coro; está rodeado de guardias nobles, vestidos con su bello uniforme rojo con dos charreteras de coronel doradas. El cadáver del Papa no está todavía en el catafalco.

Hemos asistido a una misa solemne dicha ente esta catafalco. Ha oficiado el cardenal Pacca en su calidad de vicedecano del Sacro Colegio. El cardenal Pacca es el candidato del partido ultramontano, y tiene muchas probabilidades de suceder a León XII. Le encuentro una fisonomía inteligente. Todos los extranjeros asisten a esta misa.

Se pronunciaban los nombres de los cardenales, se estudiaba su fisonomía. Ocho o diez de estos señores tienen un aire grave o más bien enfermizo. Los demás hablan mucho entre ellos, y como lo harían en un salón.

Después de la misa, los cardenales se han ido a gobernar el Estado. La sesión ha tenido lugar en la sala del Capítulo de San Pedro. Han confirmado a todos los magistrados. Los conservadores de Roma han ido a recitarles un discurso de dolor sobre la muerte de León XII, la cual alegra a todo el mundo. Por lo demás, lo mismo habría ocurrido si este Papa hubiera sido un Sixto V. Los cardenales encargados de hacer preparar las pequeñas habitaciones para la celebración del Cónclave en el palacio de Monte Cavallo, han dado su informe.

Mientras los cardenales gobernaban, el clero de San Pedro ha ido a buscar el cadáver de León XII a la capilla donde estaba expuesto. Han cantado un Miserere bastante mal. Llegado el cadáver del Papa a la capilla del coro, han vuelto los cardenales. El cadáver está magníficamente vestido de blanco; lo han colocado, con pompa y conformándose estrictamente a un ceremonial muy complicado, en un sudario de seda carmesí adornado de bordados y de franjas de oro. Han sido depositadas en el féretro tres bolsas llenas de medallas y un pergamino con la historia de la vida del Papa. 

Las cortinas de la gran puerta de la capilla del coro estaban cerradas; pero algunos extranjeros protegidos fueron introducidos furtivamente en la tribuna de cantores. 

Un notario levanta acta de todas las ceremonias de que os doy cuenta muy sumariamente. Una justa desconfianza informa todo lo que ocurre en la muerte de un papa. Pues, al fin y al cabo, el papa difunto no tiene familia presente, y los personajes encargados de elegirle un sucesor podrían enterrar a un papa vivo. […]

14 de febrero de 1829 – pp.494-496

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las colinas de Roma (17 de noviembre de 1827)


Colinas de Roma
Foto:  tomada del blog Mujeres de Roma

Roma incluye entre sus murallas diez u once colinas que bordean el Tíber y lo hacen un río rápido y encajonado. Estas colinas parecen dibujadas por el genio de Poussin para ofrecer a los ojos un placer grave y en cierto modo fúnebre. A mi juicio, Roma es más bella en un día de tempestad. No le va bien el sol hermoso y tranquilo de un día de primavera. Este suelo parece hecho expresamente para la arquitectura. Desde luego no hay aquí un mar delicioso como en Nápoles, y falta la voluptuosidad; pero Roma es la ciudad de los sepulcros; la felicidad que aquí se puede imaginar es la felicidad sombría de las pasiones y no la voluptuosidad amable de la ribera del Posilipo

Tumba de Cecilia Metella
Fuente: Wikipedia

¡Qué vista más singular la del priorato de Malta, construido sobre la cima occidental del monte Aventino, que por la parte del Tíber termina en un precipicio! ¡Qué profunda impresión producen, vistos desde la altura, la tumba de Cecilia Metella, la Via Appia y la campiña de Roma! Al otro extremo de la ciudad, hacia el norte, ¿hay algo preferible a la vista que se domina del monte Pincio, ocupado en otro tiempo por tres o cuatro conventos y transformado por el gobierno francés en un magnífico parque? ¿Podéis creer que los frailes solicitan la destrucción de este parque, el único que existe en Roma para el público? El cardenal Consalvi fue un impío a los ojos de los curas rurales que tomó por colegas, porque no adjudicó exclusivamente a una veintena de frailes agustinos la deliciosa vista de la campiña romana y del monte Mario, situado frente al Pincio. Nada asegura que los agustinos o camaldulenses no sean reintegrados en sus derechos. Las elevadas colinas que bordean el Tíber en Roma forman valles tortuosos y profundos. Los laberintos determinados por estos pequeños valles y las colinas parecen dispuestos, según la frase del famoso arquitecto Fontana, para dar lugar a la arquitectura y poner de relieve lo más bello que tiene. 

He visto a romanos pasar horas enteras en muda admiración, apoyados en una ventana de la Villa Lante, frente al monte Gianicolo. A lo lejos se divisan las bellas figuras formadas por el Palacio de Monte Cavallo, el Capitolio, la Torre de Nerón, el monte Pincio y la Academia de Francia, y bajo los ojos, al pie de la colina, se domina el Palacio Farnesio. Jamás las casas de Londres y París juntas, aunque estuviesen adornadas con una elegancia cien veces mayor, darán la menor idea de esto. En Roma, hasta una simple cochera suele ser monumental.


Hackert, Panorama di Roma da Monte Mario
Imagen procedente de Lazio Segreto

No es en las colinas donde se construyó la calle del Corso y la Roma actualmente habitada, sino en el llano, junto al Tíber y al pie de los montes. La Roma moderna ocupa el Campo de Marte de los antiguos; aquí venían Catón y César a hacer los ejercicios gimnásticos necesarios  al general lo mismo que al soldado antes de la invención de la pólvora. [...]

La Roma habitada termina al sur en el monte Capitolino y  la roca Tarpeya, al oeste, en el Tíber, pasado el cual no hay más que algunas malas calles, y al este, en los montes Pincio y Quirinal. Las tres cuartas partes de Roma al este y al sur, el monte Viminal, el monte Esquilino, el monte Celio, el Aventino, son solitarias y silenciosas. Reina en ellas la fiebre y se cultiva la vid. En medio de este vasto silencio se encuentra la mayor parte de los monumentos que va a buscar la curiosidad del viajero.

Es lo que escribe nuestro autor tal día como hoy de 1827. Páginas 106 a 108.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Libros de viajes sobre Italia (11 de noviembre de 1827)


Los mejores viajes por Italia son los de Forsyth, De Brosses, Misson, Duclos, Lalande. Las memorias de Casanova, edición de Leipzig, pintan muy bien las costumbres anteriores a los cañonazos del puente de Lodi (1796). El viaje más curioso por lo ridículo es del cura Eustace, que dice que en Roma la administración francesa quería vender los materiales de San Pedro. Algunos ingleses enrojecen de cólera cuando se les recuerda que Napoleón gastaba millones en desenterrar la basílica próxima a la columna de Trajano, la columna de Focas, el templo de la Paz, etcétera. Como el siglo es desconfiado, voy a citar a M. Eustace.

            “Whan then will be… the horror of my reader when I inform him… the french commttee turned its attention to Saint Peter’s and employed a company of Jews to estimate and purchase the gold, silver and bronze, that adorn the inside of the edifice, as well as te copper that convers the vaults and dome on the outside!”.

Este libro ha alcanzado ocho ediciones en Inglaterra, y lo vemos en manos de todos los viajeros de la clase alta. Muy grande tiene que ser Francia para suscitar un odio tan furibundo.

Burke, el Chateaubriand de Inglaterra, ha dicho de nosotros cosas peores.

Los viajantes de comercio franceses que recorren Italia se saben de memoria los chistes del presidente Dupaty, tan ridículo como Eustace. Su viaje, protegido por los industriales, ha alcanzado la cuarta edición, y el del presidente De Brosses solo ha llegado a la segunda. […]

pp. 105 y 106


martes, 5 de marzo de 2013

Elección de un nuevo papa (5 de marzo de 1829)

[Tras muerte de León XII, nuestro autor nos cuenta las ceremonias para la elección del nuevo pontífice]


Al ir a la Plaza de Monte Cavallo, hemos encontrado tres procesiones que hacen para pedir al Cielo la pronta elección de un soberano pontífice. El último artesano de Roma sabe bien que la elección no tendrá lugar en los primeros escrutinios, que no pueden dar ningún resultado, son de pura cortesía; los cardenales dan su voto a aquellos de sus colegas a quienes quieren honrar con una pública prueba de estimación.

Hemos asistido a la fumata  y a las estrepitosas carcajadas que provoca siempre.  He aquí de qué se trata:

De la ventana más próxima a la que ha sido tapiada en la fachada de Monte Cavallo, que mira a los caballos de dimensiones colosales, sale un tubo de chimenea de ocho a diez pies de largo. Este tubo desempeña un gran papel durante el Cónclave.

Sabemos por los diarios que los nobles reclusos votan todas las mañanas. Cada cardenal, después de hacer una breve oración, va a depositar en un cáliz colocado en el altar de la Capilla Paulina una cartita lacrada. Esta carta, doblada de un modo especial, contiene el nombre del cardenal electo, una divisa tomada de la Escritura y el nombre del cardenal elector.

Cada noche se procede a la revotación entre los candidatos que han obtenido votos por la mañana. La cartita lacrada contiene estas palabras: <<Accedo domino N.>>.

A este voto no debe añadirse ninguna razón. Observad bien esto. Esta ceremonia de la noche ha tomado el nombre de accession; a veces un cardenal, descontento de las elecciones indicadas por la mañana, escribe en su billete de la noche: <<Accedo nemini.>>.

Dos veces al día, cuando los cardenales encargados del escrutinio han visto que ningún candidato ha obtenido los dos tercios de los sufragios, queman las papeletas, y el humo sale por el tubo de que acabo de hablar; esto es lo que se llama la fumata. Esta fumata provoca cada vez una gran risa en la multitud que se aglomera en la plaza de Monte Cavallo, y que piensa en la decepción de las ambiciones; todo el mundo se retira diciendo: "Vamos, hoy no tenemos papa".


Es lo que escribe Stendhal el 5 de marzo de 1829, en las páginas 501 y 502 de nuestra traducción.

domingo, 24 de febrero de 2013

Obelisco de San Juan de Letrán


"Sería una lástima dejar San Juan de Letrán sin echar una ojeada al obelisco; es el más grande que se conoce: mide noventa y nueve pies sin la base y el pedestal. Thutmosis, rey de Egipto, se lo dedicó al Sol en esa ciudad de Tebas sobre la cual los sabios cuentan tan bonitos cuentos.

Constantino había hecho embarcar este obelisco en el Nilo; su hijo Constancio lo hizo transportar de Alejandría a Roma. Los egipcios poseían el arte de transportar fardos enormes y de abrir inmensos templos en las rocas; éste es su único mérito, mérito de tiranos que saben sacar provecho de sus esclavos.

Habiendo sido destruido por un incendio en el Palacio deLetrán, Sixto V lo hizo reconstruir. El arquitecto fue Fontana; éste colocó aquí ese bello obelisco que, roto en tres pedazos, yacía en el suelo en medio del gran circo. Amiano Marcelino habla de este obelisco, cuya cruz está a ciento cuarenta y tres pies del suelo; hubiera sido preferible volverlo a erigir en la plaza donde lo había puesto Constancio. Esta última manera de restaurar los monumentos antiguos volverá a ponerse de moda cuando mande la generación de 1800."

Es lo que escribe Sthendal el  5 julio 1828, en las páginas 351 y 352.

Fografía de AndrewRm tomada de Wikimedia Commons.

domingo, 17 de febrero de 2013

San Juan de Letrán (I)

Interior.

San Juan  de Letrán es la primera iglesia del mundo, Ecclesiarum urbis et orbis mater et caput; es la sede del Soberano Pontífice como obispo de Roma. El Papa, después de su exaltación al trono, viene aquí a tomar posesión del mismo. (La ceremonia de la possesso).

En el año 324 construyó Constantino esta basílica en su propio palacio, que cedió luego a los soberanos pontífices. En este templo habitaron durante sus estancias en Roma hasta Gregorio XI (1370), que volvió a fijar en Roma la Santa Sede establecida en Avignon. […]

La basílica de San Juan de Letrán fue quemada en 1308; Clemente V, que residía en Avignon, envió grandes cantidades de dinero y se restauró con magnificencia todo lo destruido por el incendio.

Gregorio XI abrió la puerta del norte; Martín V hizo la fachada, decorada más tarde por Eugenio IV y Alejandro VI; Pío IV mandó hacer el gran sofito dorado; Sixto V decoró la fachada lateral, cuyo doble pórtico, muy bonito, fue dibujado por Fontana; Inocencio X, en 1650, puso la nave principal en el estado en que la vemos hoy, con planos de Borromini, ese arquitecto barroco. Al abrir los cimientos, se reconoció que este lugar no estaba comprendido en el recinto de Servio Tulio.

Clemente XI embelleció la basílica, y, finalmente, Clemente XII mandó hacer la fachada, muy admirada en su tiempo (1730) y que hoy nos parece bastante mala. Este papa tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’ Angelo, pero prefirió embellecer su catedral.


 Fachada principal


La fachada principal tiene cinco balcones, y el Papa daba la bendición desde el del medio. Cuatro columnas y seis pilastras de orden compuesto forman la fachada; está coronada de once estatuas  que se ven bien desde las logias de Rafael, en el Vaticano, a tres cuartos de legua, la distancia mayor de la Roma habitada.

En el pórtico inferior han puesto una mala estatua de Constantino, enterrada en los desastres que sufrió Roma después de este emperador, y encontrada luego en sus Termas, en el Monte Quirinal. La gran puerta de bronce fue quitada de la iglesia de San Adriano, en el Foro, y trasladada aquí por orden de Alejandro VII. Es el único ejemplo que nos queda de las puertas quadrifores de los antiguos.

Es lo que nos cuenta nuestro autor el 5 de julio de 1828 entre las páginas  345-347 de su obra.

La fotografía del interior procede del Vuelos al mundo.
La de la fachada está tomada del blog jesusvalmeyana.

lunes, 9 de julio de 2012

Santa Maria della Pace



El pórtico exterior, que forma un semicírculo como el del noviciado de los jesuitas, es de Pietro da Cortona. Sixto IV y Alejandro VII hicieron construir esta iglesia. Como fue consagrada en 1487, todavía se observan en las tumbas, muy numerosas, algunos restos del buen gusto del siglo de Rafael.




 Las cuatro Sibilas

Muy cerca de la puerta, a la derecha según se entra, se ve una tela verde; el custodio se os acerca con aire amable, aparta la cortina, y veis Las cuatro Sibilas, célebre fresco de Rafael. Aunque estas pinturas han sufrido mucho, y lo que es peor, han sido restauradas, no por eso son menos dignas de la mayor atención; en ellas se encuentras todas las grandes características del talento de Rafael. Su estilo no fue nunca grandioso, y, sin embargo, estas Sibilas datan de los primeros años de su estancia en Roma. ¿En qué quedan las afirmaciones de Vasari y del partido florentino, según el cual Rafael no engrandeció su estilo hasta que vio los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina?

Para no hablar más que de la expresión, que, para apreciarla, sólo exige un poco de conocimiento del corazón humano, el recién llegado encontrará aquí una figura inolvidable. Debajo de este fresco llama la atención un bajorrelieve en bronce bastante curioso.

Nuestras compañeras de viaje han visto con el más emocionante interés las tumbas de las dos niñas arrebatadas por la peste, una de siete años y otra de nueve. La inscripción  es conmovedora. En la capilla del cardenal Cesi, hay que examinar los detalles grotescos del escultor Mosca.

El cuadro de San Juan Evangelista es del caballero de Arpino; la Visitación, que está encima, es de Maratta, La presentación de la Virgen en el templo es una obra de Baldassare Peruzzi, que gusta mucho a ciertas personas. Más lejos, hay unos frescos de Albani. Las figuras de Santa Cecilia, de Santa Catalina y otras varias son de una mujer célebre, Lavinia Fontana, de la Escuela de Bolonia. Nos han enseñado en la nave un San Jerónimo de Benusti cuyo dibujo es atribuido a Miguel Ángel. En esta indicación hay buena fe: fuera de Roma, este cuadro llevaría el nombre del propio Miguel Ángel que en realidad no ha pintado ninguna de las pequeñas telas que le atribuyen en la mayor parte de las galerías de Italia.

“La pintura al óleo es para las mujeres”, decía a veces, y no se imagina uno a este fogoso genio haciendo cuadros de tres pies de altura. Creo que solamente la Madonna de la Tribuna de Florencia es ciertamente suya. Entre los grandes frescos de la iglesia della Pace se destacan muy bellas cosas de Peruzzi. El claustro vecino es una bonita obra de Bramante.

(Es parte de lo que escribe nuestro autor el 9 de julio de 1828. En las páginas 363 a 365 de la edición que manejamos.)

* La fotografía del pórtico de la iglesia está tomada de la  web SOBRE ITALIA
* la pintura de Rafael procede de HISTORIA DEL ARTE.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Arco de Tito



Este pequeño arco de triunfo tan bonito fue elevado en honor de Tito, hijo del emperador Vespasiano, queriendo inmortalizar la conquista de Jerusalén. No tiene más que un arco. Después del Arco del Triunfo de Druso, cerca de la puerta de San Sebastián, es éste el más antiguo de los que quedan en Roma; fue el más elegante en la época fatal en que lo reconstruyó Valadier.



Este hombre es arquitecto y romano de nacimiento a pesar de su nombre francés. En lugar de sostener el Arco de Tito, que amenazaba ruina, con armaduras de hierro o con un arbotante de ladrillo completamente distinto del monumento mismo, este desgraciado lo reconstruyó. Tuvo la osadía de tallar bloques de piedra de la forma de los antiguos y ponerlos en lugar de éstos, que fueron trasladados no sé adónde. Solo nos queda, pues, una copia del Arco de Tito.

Verdad es que esta copia está situada en el mimo lugar donde estaba el arco antiguo, y los bajorrelieves que decoran el interior de la puerta fueron conservados. Esta infamia se cometió en el reinado de Pío VII; pero este príncipe, ya muy viejo, creyó que no se trataba más que de una restauración corriente, y el cardenal Consalvi no pudo resistir al partido retrógrado, que protegía, según dicen, a Valadier.

Afortunadamente, el monumento que lloramos era enteramente análogo a los arcos de triunfo elevados en honor de Trajano en Ancona y en Benevento.

Los bajorrelieves del Arco de Tito son de un trabajo excelente y que no recuerda en absoluto el acabado de la miniatura como los del Arco del Carrousel. Uno de estos relieves representa a Tito en su carro triunfal tirado por cuatro caballos; está rodeado de sus lictores, seguido de su ejército y protegido por el genio del Senado. Detrás del emperador, una Victoria coloca con la mano derecha una corona sobre su cabeza, y en  la izquierda tiene una rama de palmera alusiva a Judea. 


El bajorrelieve de enfrente es más característico; se ven en él los despojos del Templo de Jerusalén llevados en triunfo: el candelabro de oro de siete brazos, la caja que contenía los libros sagrados, la mesa de oro, etc. Las pequeñas figuras del friso completaban la explicación del monumento. Todavía se ve la estatua yacente del Jordán, río de Judea, llevada por dos hombres.



Este arco estaba adornado en sus dos fachadas por cuatro columnas compuestas estriadas, que sostenían una cornisa sumamente rica. Algunos dilettanti consideran estas Victorias en bajorrelieve como las más bellas que existen en Roma. Se supone que este arco fue elevado a Tito por Trajano, que, con su modestia acostumbrada, no aparece nombrado en la inscripción que se ve en la parte antigua, hacia el Coliseo. La copio por su brevedad y su noble sencillez:




S.P.Q.R.

DIVO TITO DIVI VESPASIANI F.

VESPASIANO AUGUSTO




El calificativo de divo aplicado a Tito revela que este monumento fue elevado después de su muerte. En el centro de la bóveda de la puerta, se ve la figura de este gran hombre vistiendo la toga; está sentado sobre un águila.

Este monumento encantador no mide más de veinticinco pies y medio de alto, veintiuno de ancho y catorce pies de espesor. Las superficies exteriores eran de mármol pentélico; en ciertas partes del interior emplearon la piedra de Tívoli. Ya sabéis que por este arco pasaba la Via Sacra.


Es lo que escribe nuestro autor el 30 de mayo de 1828 (páginas 270 y ss. de la edición utilizada)




sábado, 29 de octubre de 2011

San Pablo Extramuros (San Paolo Fuori le Mura)


El día 5 de octubre de 1828, Stendhal escribe sobre las iglesias de Roma:

Nombraré primero de memoria las veintidós iglesias más notables a mis ojos […]
SAN PABLO EXTRAMUROS. Quemada en 1823. Ruinas sublimes; aire melancólico de una iglesia gótica.



Otra mención que hace nuestro autor a esta iglesia, la encontramos al final de sus Paseos por Roma, donde añadió un apéndice titulado Manera de ver Roma en diez días. Así comienza este apéndice:

Primer día

San Pedro, el Vaticano, el Coliseo, el Panteón, el Palacio de Monte Cavallo, el Corso, los museos del Capitolio y del Vaticano, las galerías Borghese y Doria, San Pablo extramuros, la Pirámide de Cestio, recorrer las murallas, deambular por Roma al azar. Si se quiere obtener una respuesta, hay que preguntar por los monumentos y las calles con sus nombre italianos.


La basílica que hoy tratamos la podemos ver en tres dimensiones en el enlace de más abajo. Si desea hacerlo siga estas instrucciones: una vez abras la página,encontrarás un plano y a tu izquierda, los lugares o pabellones, click en uno de esos y te aseguro que entrarás Tienes que tener un poquito de paciencia, porque cada lugar donde quieras entrar debes esperar unos segundos para que cargue, pero.....¡VALE LA PENA!


Las citas están tomadas de las páginas 376, 377 y 514 de la edición habitual.


domingo, 24 de abril de 2011

Semana Santa en Roma (1829)

Las ceremonias de la Semana Santa han sido magníficas. No se recuerda haber visto en Roma multitud semejante; muchos extranjeros tienen que ir a dormir a Albano; se ha pagado por habitaciones muy mezquinas hasta un luis diario. En cuanto a la comida, es un problema difícil de resolver. Las osterie, bastante poco limpias en tiempo ordinario, están abarrotadas desde las diez de la mañana de tal modo que no se puede entrar; a la hora de la comida, hay una aglomeración como en un teatro los días de estreno.

Los extranjeros que no tienen en Roma un amigo que pueda ofrecerles lo absolutamente necesario, lo pasan muy mal. En esta ocasión triunfa la pereza romana; yo he visto a un pequeño marmitón rehusar con orgullo cinco francos que le ofrecían por freír una chuleta. Varios curiosos napolitanos han vivido todo un día con chocolate y tazas de café. Epigramas muy graciosos.

Roma ha tomado desde el Domingo de Ramos un aspecto de fiesta muy curioso; todo el mundo se aglomera, todo el mundo camina de prisa.

No tengo valor para describir las ceremonias de la Semana Santa; dos o tres momentos han sido magníficos. Cuando se está aquí en esta época se puede comprar un librito de ochenta y dos páginas, publicado en francés de Roma por el abate Cancelieri. El Papa acaba de conceder dos sesiones al escultor Fabris; hemos ido a ver este busto, que tiene mucho parecido.

Mañana nos marchamos de Roma, con gran pesar nuestro: vamos a Venecia; pasaremos este verano quince días en los baños de Lucca y un mes en un delicioso balneario de la Battaglia, cerca de Padua.

En estos lugares de placer, el genio italiano se olvida de tener miedo y de odiar. El nombramiento del cardenal Albani comienza a producir su efecto; esta mañana se ha encontrado escrito en letras enormes, con tiza blanca, en veinte lugares de Roma y a la puerta del palacio de Monte Cavallo, donde reside el Papa:

Siam servi sí, ma servi ognor frementi. (1)

(1) “Somos esclavos sí, pero esclavos siempre conmovidos”


Es lo que escribe nuestro autor el día 23 de abril de 1829. En las páginas 510 y 511 de la edición que seguimos.

sábado, 25 de diciembre de 2010

25 de diciembre en San Pedro del Vaticano

Venimos de San Pedro. La ceremonia ha sido magnífica. Había en ella acaso cien damas inglesas, algunas bellísimas. Formaron detrás del altar mayor un recinto tapizado de damasco rojo. Su Santidad nombra un cardenal para decir misa en su lugar. Llevan la sangre del Salvador al Papa, sentado en su trono detrás del altar, y el Papa la aspira por un tubo de oro.

No he visto nunca nada tan imponente como esta ceremonia. San Pedro estaba sublime de magnificencia y de belleza; sobre todo, el efecto de la cúpula me pareció hermoso; yo me sentía casi tan creyente como un romano.

Nuestras compañeras de viaje no se cansan de comentar un espectáculo tan grande y tan sencillo. Sólo han encontrado dos damas romanas conocidas de ellas en el bello anfiteatro preparado para las damas, y para eso iban acompañando a parientes de provincias venidos a Roma para la gran funzione.

Ésta fue favorecida por un sol hermosísimo y un tiempo muy dulce. Realmente, al ver San Pedro adornado con sus más bellas galas, tan alegre y tan noble, no se podía uno imaginar que la religión cuya fiesta se celebraba anuncie un Infierno eterno que ha de tragarse para siempre la mayor parte de los hombres. Multi sunt vocati, pauci vero electi.

Tuvimos que abandonar a nuestras compañeras de viaje, muy bien colocadas a la derecha del altar mayor. Las bromas volterianas de Pablo me hacían daño; me arrimé a un monsignore amigo nuestro, gran latinista, que quiso convertirme. Era caer de Caribdis en Escila.

Le dije con sencillez por qué me reía, y, sin transición, se puso a hablarme de Tito Livio. “¿Habéis observado –me dijo- que, a los ciento treinta y ocho años de la fundación de Roma, había aún aguas estancadas entre las colinas? (Tito Livio, lib. I, capítulo XXXVIII). Después de la toma de Veyes, el pueblo quiere abandonar un territorio malsano para ir a habitar en el conquistado. Le disuaden los patricios, que en Veyes no hubieran podido robar tierras.” (Véanse las notas hechas sobre Tito Livio por Maquiavelo.) […]

Es lo que escribe nuestro autor el día 25 de diciembre de 1827. Páginas 166 y 167.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Coliseo 2 (a la luz de la Luna)

Esta noche hemos ido, con una hermosa luna, al Coliseo; yo creía que íbamos a experimentar sensaciones de dulce melancolía. Pero es cierto lo que nos había dicho M. Izimbardi: este clima es tan bello, emana tal voluptuosidad, que hasta la luna pierde aquí toda tristeza. La luna, con su tierna emoción, se encuentra a orillas del Windermere (lago del norte de Inglaterra). Daban las doce de la noche, el custodio del Coliseo estaba advertido y nos abrió; pero se empeñaba en seguirnos: es su deber. Le rogamos que fuera a buscarnos a la próxima hostería unos bocalli de vin buono.

El espectáculo de que gozamos, una vez solos en este inmenso edificio, resultó lleno de magnificencia, pero en modo alguno melancólico. Era una gran y sublime tragedia y no una elegía. Fue muy bien ejecutado el sublime quartetto de Bianca e Faliero (de Rossini), sin que pudiéramos desprendernos de las imponentes imágenes que nos asediaban. La luna era tan clara, que pudimos leer más tarde unos versos de lord Byron:

“Veo al gladiador tendido ante mí, apoyado en la manos. –Su mirada viril consiente en morir; pero triunfa de la agonía, y su cabeza inclinada cae gradualmente al suelo. –De la extensa herida, se escapan lentamente las últimos gotas de sangre; van cayendo pesadas, una a una, como las primeras gotas de una lluvia de tormenta; se le nublan los ojos expirantes; ve girar en torno suyo el gran teatro y todo el público; muere al fin, y la aclamación resuena todavía saludando al despreciable vencedor; el vencido oyó ese griterío y lo ha despreciado. –Sus ojos estaban en su corazón, y su corazón está muy lejos. No piensa ni en la vida que pierde ni en el precio del combate. Piensa en su cabaña salvaje adosada a una roca, a orillas del Danubio; allá, mientras él muere, sus niños juegan entre ellos; la madre los acaricia, y él, el padre, es muerto a sangre fría, para ofrecer un día de fiesta a los romanos. Todos sus pensamientos se le va con la sangre. -¿Morirá, sin venganza? -¡Levantaos, germanos, y saciad vuestra ira!”

Eran cerca de las dos de la mañana cuando dejamos el Coliseo.

Lo escribe nuestro autor el día 28 de noviembre de 1828. Se encuentra en las páginas 457 a 460 de la edición que venimos siguiendo.

Fotografía tomada del blog Emilio Fatuzzo.

jueves, 1 de julio de 2010

Palacio Farnesio


"1 de julio

Estos días hemos visto varios palacios. Primero el Palacio Farnesio, el más bello de todos, construido por Sangallo y Miguel Ángel con piedras del Coliseo y del Teatro Marcelo. Se llega a este palacio aislado por una placita muy bella: tiene la forma de un cuadrado perfecto. Es todavía una fortaleza, como los palacios de Florencia. En el siglo XIV, el peligro circulaba por las calles de Roma; los papas eran depuestos y asesinados como hoy el bey de Argel; pero, por causa de ese despotismo singular y no militar, la historia de Roma es mucho más salvaje y más interesante que la de Bolonia, Milán o Florencia.
El Palacio Farnesio, admirable por la arquitectura de Miguel Ángel, parecería hoy horriblemente triste. Yo me explico muy bien que el primer día un joven francés acostumbrado a nuestras casas de cien ventanas no vea en este palacio más que una prisión. Un patio cerrado por los cuatro lados no es más que un absurdo en un palacio que no es una fortaleza y a cuyo dueño se le supone lo bastante rico para comprar todos los terrenos necesarios, puesto que aspira a la magnificencia.
El vestíbulo que da entrada a este majestuoso edificio está ornado de doce columnas dóricas de granito egipcio, y tres órdenes de columnas superpuestas decoran en las cuatro fachadas este patio cuadrado y tan sombrío. El orden inferior forma un pórtico de una majestad áspera y verdaderamente romana. Bajo este pórtico han puesto la gran urna sepulcral de mármol de Paros, que perteneció al sepulcro de Cecilia Metella. Relegada a un rincón del patio, esta urna no produce aquí ningún efecto; es una falta de gusto del siglo de Paulo III haberla quitado de un monumento en el que era la parte principal."

Es lo que dice el autor en las páginas 329-330.
Fotografía tomada del blog Otra arquitectura es posible

domingo, 30 de mayo de 2010

San Stefano Rotondo

San Stefano Rotondo, cuyo nombre os da idea de su forma general, fue un templo erigido en honor del emperador Claudio. La primera iglesia consagrada a San Esteban fue construida por San Simplicio en el año 467. Pero en la relación escrita por este mismo santo, se encuentra a la vez la iglesia de San Esteban y el Templo de Claudio. Tened en cuenta que, en su tiempo, el año 467, la autoridad pública no permitía aún a los cristianos demoler y ocupar los monumentos públicos. Sólo en 772 pudo el papa Adriano I apoderarse del templo de Claudio y, sobre sus cimientos, hacer la iglesia que vemos. Nicolás V la hizo reparar en 1454; Inocencio VIII y Gregorio XIII hicieron reformas en ella.
Esta iglesia, de una forma muy singular, está decorada por cincuenta y seis columnas antiguas dispuestas en dos filas. Casi todas son jónicas y de granito; seis son de orden corintio y de mármol griego. En la pared interior de la nave están esas horribles pinturas…

Palabras de nuestro autor el día 8 de julio de 1828. Páginas 358 y 359 de la edición mencionada.

Fotografía tomada de la galería de Clementi.

domingo, 2 de mayo de 2010

Martirios en San Stefano Rotondo

"En la pared interior de la nave están esas horribles pinturas de Pomarancio y de Tempesta, tan celebradas por los hombres vulgares que el azar lleva a Roma; esto es para estos señores tan inteligible como la guillotina en acción. Este realismo atroz es lo sublime para algunas almas vulgares. Rafael resulta muy frío junto a San Erasmo en el momento en que le sacan las entrañas.

Al entra vi junto a la puerta un santo a quien le aplastan la cabeza entre dos muelas de molinos; el ojo se le ha salido de la órbita, etc. El resto es demasiado horrible para que yo lo describa.

Los bellos versos de Racine describiendo un espectáculo atroz disimulan el horror con la elegancia. Los frescos de San Stefano Rotondo no son lo bastante bellos para hacer soportables los horribles suplicios que representan demasiado bien y demasiado claramente."

Son las palabras del autor, el día 8 de julio de 1828, en la página 359 de la edición que seguimos.

*La imagen está tomada de C-MONTER.net.