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jueves, 8 de enero de 2015

8 de enero de 1828 (plaza del Capitolio)



Después de procurar figurarnos lo que era el Capitolio antiguo, volvimos al pie de la estatua de Marco Aurelio. Ocupa el centro de la pequeña plaza en forma de trapecio dispuestas por Miguel Ángel en el Intermontium. Fue Paulo III (Farnesio) quien, en 1540, hizo construir los dos edificios laterales, que me parecen desprovistos de carácter, aunque sean de Miguel Ángel. En un lugar como éste hacían falta dos fachadas de templos antiguos. Nada podía resultar demasiado majestuoso y demasiado severo, y Miguel Ángel parecía hecho a propósito para tal misión. Paulo III reformó la fachada del Palacio del Senador Romano que ocupa la pendiente del monte Capitolino hacia el Foro.


Fue también Paulo III el que hizo trasladar aquí, desde la plaza que ocupaba cerca de San Juan de Letrán, la admirable estatua ecuestre de Marco Aurelio Antonino. Es la mejor estatua ecuestre en bronce que nos ha quedado de los romanos. Las admirables estatuas de Balbo, en Nápoles, son de mármol. Por la expresión, la admirable naturalidad y la belleza del dibujo, la estatua de Marco Aurelio es lo contrario de las que nuestros escultores nos dan en París. Por ejemplo, el Enrique IV, del Pont Neuf, no parece tener otro pensamiento que el de no caerse del caballo. Marco Aurelio está tranquilo y sencillo. No se cree en modo alguno obligado a ser un charlatán, habla a sus soldados. Se ve su carácter y casi lo que está diciendo.

Las gentes un poco materialistas que se pasan el día entero emocionadas únicamente por el placer de ganar dinero o por el miedo de perderlo preferirán el Luis XIV al galope, de la Place des Victoires. Aunque yo no quisiera pasar la vida con esa clase de gentes, confesaré sin dificultad que tienen completa razón. La acción valerosa que ellos realizan es la base del buen gusto: alabar valientemente lo que nos gusta; de aquí mi admiración por M. Simond, de Ginebra, que se burla del Juicio Final, de Miguel Ángel. [...]

La patria de Voltaire, de Moliere y de Courier es desde hace mucho tiempo la ciudad de la inteligencia;pero el país entre el Loira, el Mosa y el mar no puede sentir las bellas artes. ¿Por qué? Ama lo bonito y odia la energía.

¿De donde proviene este odio? Acaso de que los nervios están a tensión diferente dos o tres veces al día por un clima demasiado variable. ¿Quién puede gustar de Correggio, en París, cuando hace un viento del nordeste? Esos días hay que leer a Bentham y a Ricardo.

De los tres edificios que decoran el Capitolio moderno, el que aparece de frente es el Palacio del Senador de Roma, construido hacia 1390 por el papa Bonifacio IX sobre los cimientos del tabularium de Catulo.

En 1390 no se pensaba apenas en lo bello; antes de pensar en vivir agradablemente hay que estar seguro de vivir. Bonifacio IX quería construir una fortaleza. Por la misma época, o un poco antes, el Coliseo servía dc castillo fortificado a los Annibaldi. El Arco de Triunfo de Jano Cuadrifronte, esa admirable tumba de Cecilia Metella que hemos visto en el campo, junto a la carretera de Albano, y otros muchos monumentos antiguos eran empleados como fortalezas.

El primer paso que da la inteligencia del viajero que ama las ruinas (o sea el viajero cuya alma un poco melancólica se complace en hacer abstracción de lo que existe y en figurarse todo un edificio tal como se le veía en otro tiempo, cuando lo frecuentaban unos hombres vestidos de toga), el primer paso que da una mente así, es distinguir los restos de los trabajos de la Edad Media, emprendidos hacia 1300 para servir de defensa, de lo que fue construido mas antiguamente para dar la sensación de lo bello; pues los hombres de nuestras razas europeas, en cuanto tienen pan y un poco de tranquilidad, se enamoran de esta sensación de lo bello.

Con ayuda de las pocas columnas que subsisten aún en unas ruinas, nos imaginamos lo que era el monumento antiguo. Cada pequeño detalle de lo que queda hace una revelación. Mas, para oír la voz de la verdad, que en este caso habla tan bajo, no hay que estar aturdido por las declamaciones y el Febo del espíritu de sistema. Las personas que no han nacido para esta clase de sensaciones encuentran frío todo lo que es razonable.


Como al visitar hoy el Capitolio moderno buscábamos placeres de arquitectura, no hemos entrado en los museos (abiertos dos veces por semana, jueves y lunes) nada más que para comprobar que en el edificio de la izquierda del espectador están el Gladiador moribundo, la Venus del Capitolio, el busto de Bruto y otras obras maestras que hemos visto en París (las cabezas romanas tienen una prominencia encima de las orejas: es la actividad militar).

En el edificio de la derecha, que se llama el Palacio de los Conservadores, se ve una estatua de Julio César, que pasa, con razón, por ser el único retrato reconocido que existe en Roma de este hombre célebre. Muy cerca de él esta el busto de Cimarosa que el cardenal Consalvi, amigo de este hombre célebre, encargó a Canova. Pero este busto esta colocado de manera que no se puede ver. Los señores directores de los museos de Roma merecen la palma del ridículo, incluso en perjuicio de los  de Florencia, que no permiten a los curiosos llevar un abrigo en invierno en su galería glacial.

Es lo que escribe nuestro autor el 8 de enero de 1828. En las páginas 173 a 176 de la edición en español que seguimos.

Lás imágenes proceden de la web de los Museos Capitolinos (Dibujo de la plaza), de la Wikipedia (Venus) y del autor del blog (ecuestre de Marco Aurelio).

lunes, 18 de agosto de 2014

El Coliseo (18 de agosto)




La opinión corriente es que Vespasiano hizo construir
el Coliseo en el lugar donde estaban antes los estanques
y los jardines de Nerón; era aproximadamente el centro
de la Roma de César y de Cicerón. La estatua colosal de
Nerón, en mármol y de ciento diez pies, fue colocada
cerca de este teatro; de aquí el nombre de Colosseo.
Otros pretenden que este nombre viene de la extensión
sorprendente y de la altura colosal de este edificio.

Como nosotros, los romanos tenían la costumbre de
celebrar con una fiesta la inauguración de una casa nueva;
un teatro se inauguraba con un drama representado
con una pompa extraordinaria; una naumaquia, con un
combate de barcas; con carreras de carros, y sobre todo
con luchas de gladiadores, se celebraba la inauguración
de un circo; la caza de animales feroces, señalaba la
 fundación de un anfiteatro. Tito, como hemos visto,
presentó el día de la apertura del Coliseo un número enorme
de fieras que fueron muertas todas. ¡Qué dulce placer
para los romanos! Si nosotros no sentimos este placer
tenemos que agradecérselo a la religión de Jesucristo.

El Coliseo está construido casi por entero con bloques
de travertino, una piedra bastante fea llena de agujeros
la toba y de un blanco tirando a amarillo. La traen de
Tívoli. El aspecto de todos los monumentos de Roma
sería mucho más agradable al primer golpe de vista si
los arquitectos hubieran tenido a su disposición la bella
piedra empleada en Lyon o en Edimburgo, o bien el mármol
con el que están haciendo el Circo de Pola. (Dalmacia).

Sobre los arcos de orden dórico del Coliseo se ven números
antiguos; cada arco servía de puerta. Numerosas escaleras
a los pórticos superior y a las gradas. Así, en pocos instantes,
cien mil espectadores podían entrar y salir del Coliseo.

Dicen que Tito hizo construir una galería que, partiendo de su
palacio del Monte Esquilino, le permitía ir al Coliseo sin
pasar por las calles de Roma. Debía de desembocar entre los
 dos arcos marcados con los números 38  y 39. [...]

El arquitecto que construyó el Coliseo tuvo el valor de ser
sencillo. Se guardó de recargarlo de pequeños ornamentos
bonitos y mezquinos, como los que estropean el interior del
patio del Louvre. En Roma el gusto público no estaba
viciado por la costumbre de las fiestas y de las ceremonias
de una corte como la de Luis XIV. [...]

A los emperadores de Roma se les había ocurrido la
sencilla idea de reunir en su persona todas las magistraturas
 inventadas por la república a medida de las necesidades del
 tiempo. Eran cónsules, tribunos, etc. Aquí todo es
simplicidad y solidez; por eso las junturas de los inmensos
bloques de piedra, que se ven desde todas  partes, toman
un carácter impresionante de grandiosidad. El espectador
debe esta sensación, que se acentúa más aún en el recuerdo,
a la ausencia de todo pequeño ornamento; toda la atención
 se dedica a la masa de tan y magnífico edificio.


Recreación de la "arena"

La plaza en que tenían lugar los juegos y los espectáculos se
 llamaba arena, por la arena que esparcían en el suelo los
días de juegos. Dicen que esta arena estaba antiguamente
diez pies más baja que hoy. Estaba rodeada de un muro lo
bastante alto para impedir a los leones y a los tigres lanzarse
sobre los espectadores. Esto mismo se ve hoy en los teatros
de madera destinados en España a las corridas de toros. En
este muro había unas aberturas cerradas con verjas de hierro,
por donde entraban los gladiadores y las fieras y se sacaban
los cadáveres.

En Roma, el lugar de honor está sobre el muro que rodeaba
la arena, y se llamaba podium. Desde aquí se podía gozar de
la fisonomía de los gladiadores moribundos  y distinguir los
menores detalles de la lucha. Aquí se hallaban los sitios
reservados a las vestales, al emperador y a su familia, a los
senadores y a los principales magistrados.

Detrás del podium comenzaban las gradas destinadas al
pueblo; estas gradas estaban divididas en tres órdenes
llamados meniana. La primera división contenía doce
 gradas, y la segunda quince; eran de mármol. Las gradas
de la tercera división eran, según se cree, de madera. Hubo
un incendio, y esta parte del teatro fue restaurada por
Heliogábalo y Alejandro. La totalidad de las gradas podía
contener ochenta y siete mil espectadores, y se calcula
que podían colocarse otros veinte mil de pie en los pórticos
de la parte superior, construidos en madera.

Sobre las ventanas del piso más alto se distinguen unos
agujeros en los que se supone que se empotraban las vigas
del velarum. Estas vigas soportaban unas poleas y unas
cuerdas, con las cuales se maniobraban una serie de
inmensas bandas de lona que cubrían el anfiteatro para
preservar a los espectadores del ardor del sol. En cuanto
a la lluvia, yo no concibo muy bien cómo estos toldos
podían preservar de las lluvias torrenciales que caen en
Roma. Edificios comparables a éste en tamaño hay que
buscarlos en Oriente, entre las ruinas de Palmira, de Balbec
o de Petra; pero esos edificios asombran sin gustar. Más
vastos que el Coliseo, jamás nos producirán la misma
impresión. Están construidos según otras reglas de
belleza a las que nosotros no estamos acostumbrados.
Las civilizaciones que han creado esta belleza han desaparecido.

Esos grandes templos altos y huecos de la India o de
Egipto sólo evocan los recuerdos innobles del despotismo;
no estaban destinados a gustar a almas generosas. Diez mil
o cien mil esclavos han muerto de fatiga en esos trabajos
asombrosos.

A medida que conozcamos mejor la Historia antigua,
¡cuántos reyes no encontraremos más poderosos que
Agamenón, cuántos guerreros tan bravos como Aquiles!
Pero estos nuevos nombres carecerán de emoción para
 nosotros. Se leen las curiosas Memorias de Bober,
emperador de Oriente hacia 1340, y después de pensar
en ellas un instante, se piensa en otra cosa.



El Coliseo es sublime para nosotros porque es un vestigio
vivo de esos romanos cuya historia ha llenado nuestra
infancia. El alma encuentra relaciones entre las
grandezas de sus empresas y la de este edificio. ¿Qué lugar
en la tierra vio alguna vez una multitud tan grande y
pompas tales? Al emperador del mundo (¡y este hombre
era Tito!) lo recibían aquí los gritos de alegría de
cien mil espectadores; y ahora ¡qué silencio!

Cuando los emperadores trataron de luchar con la
nueva religión predicada por San Pablo, que anunciaba
a los esclavos y a los pobres la igualdad ante Dios, enviaron
al Coliseo a muchos cristianos a sufrir el martirio. Este
edificio fue, pues, muy venerado en la Edad Media;
por eso no ha sido destruido por completo. Benedicto XIV,
queriendo quitar todo pretexto a los grandes señores que,
desde hacía siglos, mandaban a buscar piedras al Coliseo
como a una cantera, hizo erigir alrededor de la arena
catorce pequeños oratorios, cada uno de los cuales  contiene
un fresco representando un paso de la pasión del Señor. En la
parte oriental, en un rincón de las ruinas, han hecho una
capilla en la que se dice misa; al lado, una puerta cerrada
con llave indica la entrada de la escalera de madera por
la que se sube a los pisos superiores.

Al salir del Coliseo por la puerta oriental, hacia San Juan de Letrán, hay un pequeño cuerpo de guardia de cuatro hombres y el inmenso arbotante de ladrillo, hecho por Pío VII para sostener esta parte de la fachada exterior a punto de derrumbarse.

Luego, cuando el lector se haya aficionado a estas cosas, hablaré de las conjeturas propuestas por los sabios sobre las construcciones encontradas bajo el nivel actual de la arena del Coliseo, cuando se hicieron excavaciones por orden de Napoleón (1810  a  1814). Invito de antemano al lector a no creer en este género más que lo que le parezca probado, cosa importante para sus goces; es inimaginable presunción de los ciceroni romanos.

Es lo que escribe nuestro autor el día 18 de agosto de 1827, en las páginas 53 a 57 de nuestro libro.

MÁS  FOTOS  AQUÍ

domingo, 6 de julio de 2014

Santa María la Mayor



6 de julio de 1828

Basílica de Santa María la Mayor

Esta iglesia debe su origen a un milagro por el estilo del que le ocurrió a Migné en 1826.  A Migné se le apareció en el cielo una cruz inmensa; en Roma, en la noche del 4 al 5 de agosto del año 352, el papa San Liberio y Juan Patricio, rico ciudadano, tuvieron la misma visión. Al día siguiente, 5 de agosto, una nevada milagrosa cubrió exactamente el espacio que hoy ocupa la Basílica de Santa María la Mayor. Por causa del milagro, se le llamó al principio Santa María ad Nives y Santa Maria Liberiana, y finalmente Santa María la Mayor, porque es la más grande de las veintiséis iglesias consagradas en Roma a la Madre del Salvador.

En 432, el papa Sixto III agrandó esta basílica y le dio la forma que tiene hoy. Varios papas  la enriquecieron, y por último Benedicto XIV (1745) hizo reconstruir la fachada principal. Es una lástima que no se conserve la fachada primitiva, que era un pórtico de ocho columnas y un gran mosaico ejecutado por Gaddo Gaddi y Rossetti, contemporáneo de Cimabue. Era la buena época: los pintores adoraban su arte, y la pasión es persuasiva.



Benedicto XIV, Lambertini, mandó hacer esta fachada sobre planos de Fuga. Tiene dos órdenes: el pórtico
inferior, que es jónico con frontispicios, y el superior es corintio y tiene tres arcos. Subimos al pórtico superior para ver el mosaico verdaderamente cristiano de Gaddo Gaddi; en la planta baja, al lado de la puerta, hay una mala estatua de Felipe IV, que mandó oro para decorar esta iglesia, una de las cinco patriarcales.

Gracias a este oro, esta basílica parece un salón magnífico y no un lugar terrible, morada del Todopoderoso.
Verdad es que el artesonado es de una magnificencia verdaderamente regia; aquí se empleó el primer oro venido de las Indias. Treinta y seis soberbias columnas jónicas de mármol blanco dividen este inmenso salón en tres partes, de las cuales la del medio es mucho más elevada y más clara que las otras. Se cree que estas columnas proceden del Templo de Juno. Hay que pasar rápidamente ante las mediocres tumbas de Nicolás IV y de Clemente IX, para llegar a la magnífica capilla de Sixto V, en la cual reposa este papa. Este gran príncipe tuvo la fortuna de encontrar en el caballero Fontana un arquitecto un poco superior a lo mediocre. La estatua de Sixto V se mira sólo para buscar en ella la fisonomía del mismo. San Pío V, inquisidor, ocupa frente a aquel gran hombre una bella urna de verde antiguo. Esta capilla está toda revestida de mármoles preciosos, pero los cuadros, los bajorrelieves y las estatuas son mediocres.

Cuatro ángeles de bronce dorado sostienen encima del altar un magnífico tabernáculo también de bronce
dorado, en el que se conserva una parte de la cuna de Jesucristo. Entre todos los frescos que cubren las paredes de la capilla de Sixto V y de la sacristía vecina, hemos visto con gusto algunos paisajes de Paul Bril.
El altar mayor de la basílica está bajo un magnífico baldaquino sostenido por cuatro columnas de pórfido
y de orden corintio, rodeadas de palmas doradas. Este ornamento está coronado por seis ángeles de mármol; el altar está hecho de una urna antigua de pórfido que dicen perteneció a la tumba de Juan Patricio y su esposa.

El mosaico que está al fondo de la tribuna es de Turrita, hombre de talento que contribuyó al renacimiento
del arte. Los otros mosaicos de esta iglesia nos han interesado porque se remontan al año 434, y muestran lo que era el arte en Italia antes del Renacimiento (que tuvo lugar hacia 1250). El papa Paulo V eligió Santa
María la Mayor para su tumba (1620); hay que reconocer que su capilla es magnífica. Junto a su tumba mandó poner la de Clemente VIII, que le había hecho cardenal. Las estatuas de los dos papas son de Silla, de Milán. Es lástima que Paulo V, que tenía el genio de un gran señor, no encontrara un escultor mejor; su capilla está abarrotada de estatuas y de bajorrelieves, en los que se prodigaron los mármoles más ricos.

En medio de tantos objetos de arte, sólo hay que pararse en los frescos de las paredes laterales y en los arcos de las ventanas, así como en la tumba de Paulo V; estos frescos figuran entre las buenas obras de Guido Reni. Son los santos griegos y las emperatrices canonizadas; pero ¿qué importan los nombres que se den a estas figuras? La imagen de la Virgen, que está en el altar, fue pintada por San Lucas; está sobre un fondo de lapislázuli, rodeada de piedras preciosas y sostenida por cuatro ángeles de bronce dorado. Sobre la cornisa de este altar hay un bajorrelieve también de bronce dorado, representando el milagro de la nieve que dio lugar a la fundación de esta basílica.

Esta capilla de Paulo V y la del papa Corsíni, en San Juan de Letrán, dan la idea de la magnificencia y despertarían el gusto un poco obtuso de las gentes del Norte o de los habitantes de América; en Roma son poco consideradas.



Santa María la Mayor tiene dos fachadas; la del norte, que se ve desde la calle que va a la Trinitá dei Monti, fue hecha por orden de los papas Clemente IX y Clemente X (1670).

Sixto V hizo trasladar a la solitaria plaza a que da esta fachada un obelisco de granito rojo sin jeroglíficos. El
emperador Claudio lo había traído de Egipto, y estaba tirado ante el Mausoleo de Augusto, donde fue encontrado, así como el obelisco de Monte Cavallo; mide cuarenta y dos pies de alto y el pedestal veintiuno.

La calle por la que hemos ido de aquí a la Plaza de la Columna Trajana es curiosa por las subidas y bajadas.
Me ha parecido habitada por el pueblo modesto; las conversaciones que se oyen en ella revelan un carácter
sombrío, apasionado y satírico; la alegría de este pueblo es embriaguez. [...]

Es lo que escribe nuestro autor en el día de hoy de 1828, en las páginas 354 a 358 de la edición que seguimos.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Las colinas de Roma (17 de noviembre de 1827)


Colinas de Roma
Foto:  tomada del blog Mujeres de Roma

Roma incluye entre sus murallas diez u once colinas que bordean el Tíber y lo hacen un río rápido y encajonado. Estas colinas parecen dibujadas por el genio de Poussin para ofrecer a los ojos un placer grave y en cierto modo fúnebre. A mi juicio, Roma es más bella en un día de tempestad. No le va bien el sol hermoso y tranquilo de un día de primavera. Este suelo parece hecho expresamente para la arquitectura. Desde luego no hay aquí un mar delicioso como en Nápoles, y falta la voluptuosidad; pero Roma es la ciudad de los sepulcros; la felicidad que aquí se puede imaginar es la felicidad sombría de las pasiones y no la voluptuosidad amable de la ribera del Posilipo

Tumba de Cecilia Metella
Fuente: Wikipedia

¡Qué vista más singular la del priorato de Malta, construido sobre la cima occidental del monte Aventino, que por la parte del Tíber termina en un precipicio! ¡Qué profunda impresión producen, vistos desde la altura, la tumba de Cecilia Metella, la Via Appia y la campiña de Roma! Al otro extremo de la ciudad, hacia el norte, ¿hay algo preferible a la vista que se domina del monte Pincio, ocupado en otro tiempo por tres o cuatro conventos y transformado por el gobierno francés en un magnífico parque? ¿Podéis creer que los frailes solicitan la destrucción de este parque, el único que existe en Roma para el público? El cardenal Consalvi fue un impío a los ojos de los curas rurales que tomó por colegas, porque no adjudicó exclusivamente a una veintena de frailes agustinos la deliciosa vista de la campiña romana y del monte Mario, situado frente al Pincio. Nada asegura que los agustinos o camaldulenses no sean reintegrados en sus derechos. Las elevadas colinas que bordean el Tíber en Roma forman valles tortuosos y profundos. Los laberintos determinados por estos pequeños valles y las colinas parecen dispuestos, según la frase del famoso arquitecto Fontana, para dar lugar a la arquitectura y poner de relieve lo más bello que tiene. 

He visto a romanos pasar horas enteras en muda admiración, apoyados en una ventana de la Villa Lante, frente al monte Gianicolo. A lo lejos se divisan las bellas figuras formadas por el Palacio de Monte Cavallo, el Capitolio, la Torre de Nerón, el monte Pincio y la Academia de Francia, y bajo los ojos, al pie de la colina, se domina el Palacio Farnesio. Jamás las casas de Londres y París juntas, aunque estuviesen adornadas con una elegancia cien veces mayor, darán la menor idea de esto. En Roma, hasta una simple cochera suele ser monumental.


Hackert, Panorama di Roma da Monte Mario
Imagen procedente de Lazio Segreto

No es en las colinas donde se construyó la calle del Corso y la Roma actualmente habitada, sino en el llano, junto al Tíber y al pie de los montes. La Roma moderna ocupa el Campo de Marte de los antiguos; aquí venían Catón y César a hacer los ejercicios gimnásticos necesarios  al general lo mismo que al soldado antes de la invención de la pólvora. [...]

La Roma habitada termina al sur en el monte Capitolino y  la roca Tarpeya, al oeste, en el Tíber, pasado el cual no hay más que algunas malas calles, y al este, en los montes Pincio y Quirinal. Las tres cuartas partes de Roma al este y al sur, el monte Viminal, el monte Esquilino, el monte Celio, el Aventino, son solitarias y silenciosas. Reina en ellas la fiebre y se cultiva la vid. En medio de este vasto silencio se encuentra la mayor parte de los monumentos que va a buscar la curiosidad del viajero.

Es lo que escribe nuestro autor tal día como hoy de 1827. Páginas 106 a 108.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Murallas y colinas (6 de noviembre de 1827)


Porta Maggiore
Porta Maggiore. Puerta en la muralla aureliana.

Hoy nos hemos despertado con la curiosidad de estudiar más exactamente la situación de las diversas murallas de Roma.

Hace falta un plano de la Roma antigua y buscar las murallas construidas por Rómulo. Es aproximadamente como París, que se encuentra primero en una pequeña parte de la isla Notre-Dame. Este cobijo de bandoleros valientes que se llama Roma no ocupó al principio más que el monte Palatino (hoy Villa Farnesio) y luego el monte Capitolino. Numa, al que supongo por el momento el sucesor inmediato de Rómulo, incluyó en la ciudad una parte del monte Quirinal.

Tulo Hostilio, que es considerado como el tercer rey de Roma, después de destruir Alba, trasladó a los ciudadanos a su ciudad, según las costumbres de aquellos tiempos primitivos, y los instaló en el monte Celio (donde está hoy la Villa Mattei). Desde lo alto del monte Celio, que fue encerrado entre las murallas de Roma, los albenses veían las ruinas de su patria.

Anco Marcio, sucesor de tulio, destruyó las ciudades de Telena, Ficana y Politorio; trasladó a sus habitantes al monte Aventino (donde está hoy el priorato de Malta) y encerró este monte en el recinto de Roma. Construyó sobre el Tíber un puente de madera, que luego se hizo célebre por el valor de Horacio Cocles. Hubiera sido sumamente imprudente construir un puente sin defenderlo con una fortaleza, y Anco Marcio construyó una ciudadela sobre el Gianicolo, posición muy importante, pues la ciudades de Etruria, dominadas por los sacerdotes, gobernadas bajo ellos por reyes y con un grado de civilización muy avanzado, comenzaban a tener celos de Roma; los reyes de Etruria, o Locumones, contrariados por los sacerdotes, no atacaron Roma bastante a tiempo para destruirla, pero le hicieron correr grandes peligros, y finalmente, después de varios siglos de guerras continuas, durante las cuales los romanos adoptaron en parte la religión de Etruria, este país acabó por ser conquistado. Perdóneseme esta discreción que traza la posición militar de Roma durante los primeros siglos de su existencia. El peligro venía casi siempre de la orilla derecha del Tíber, del lado etrusco.

Servio Tulio rodeó toda la ciudad de murallas muy sólidas, hechas con bloques cuadrados de piedra volcánica. Hizo una fortificación llamada Agger, desde el extremo oriental del Quirinal hasta el sitio que ocupa hoy la iglesia de Santo Vito, junto al Esquilino. Roma comprendía entonces siete colinas al este del Tíber; de aquí el nombre de Septicollis. Se ve que, al darle este nombre, no se fijaron en la fortaleza construida dobre el Gianicolo (orilla derecha del Tíber). La muralla de Servio Tulio era de unas ochos millas; incluyó dos montes en la ciudad: el Viminal y el Esquilino, así como una parte del Quirinal.

Desde Servio Tulio hasta el emperador Aureliano, Roma, que se fue haciendo poderosa, se defendió con sus ejércitos y no se vio obligada a pensar en la fuerza de sus murallas. Pero Aureliano temió que los bárbaros, en alguna de sus incursiones, se apoderasen por sorpresa de la capital del imperio. Comenzó una muralla nueva que fue acabada por Probo, sucesor de Tácito.

Dibujo del exterior de la tumba de Bíbulo.
Procedencia: http://www.zazzle.es

Nuestro estudio de hoy ha tenido por objeto hacernos una idea clara de  la Roma que habitaron los héroes. Hemos vuelto a ver la tumba de Cayo Poncio Bíbulo, en la plaza Marcel de Corvi, al principio de la cuesta de Marforio, en el extremo meridional del Corso. Este venerable monumento fue erigido fuera de las murallas de Servio Tulio para honrar la memoria de un ciudadano que había merecido bien de la patria. Es de piedra calcárea y lleva cuatro pilastras que soportan una bella estatua.

En el estudio de estas antigüedades remotas, lo esencial es admitir como probable lo que es probable y no creer más que lo probado; no hablo de pruebas matemáticas; cada ciencia tiene diferente grado de certeza.

Dicen que la muralla de Aureliano tenía casi cincuenta millas de extensión; el contemporáneo Vopiscus lo asegura.

 Murallas Aurelianas
Murallas Aurelianas.

Ya sabéis que las murallas actuales no tienen más que dieciséis millas; la parte más antigua se remonta sólo al año 402, y fue levantada por orden de Honorio. Hay que hacerse una idea clara de las diez u once colinas sobre las que se extiende Roma, y estudiar su historia. El monte Capitolino con sus dos cimas; el monte Celio, llamado primero Querquetulario por las encinas que lo cubrían, etc.

Gracias a inmensos trabajos, lo monumentos antiguos de Roma han cambiado por completo de aspecto desde 1809, y la ciencia que se ocupa de ellos se ha vuelto más razonable.

He abreviado mucho el artículo anterior, y, sin embargo, temo que sea todavía muy aburrido. Ahorrará investigaciones pesadísimas a los viajeros curiosos de esta clase de detalles. Espero que los otros saltarán de cuando en cuando ocho o diez páginas. […]

Los etruscos […] fueron discípulos de los egipcios y maestros de los romanos; pero los romanos, que ante todo pensaban en la guerra, no tomaron al principio más que su religión, y durante mucho tiempo rechazaron las artes. Los patricios querían la por causa del juramento; era la ley del reclutamiento en Roma. Los etruscos sabían construir canales, según dicen sus amigos: tenían una arquitectura muy adelantada. Ved Volterra. ¿Deduciremos de la forma piramidal de la tumba de Porsenna (dudoso) que los etruscos admiraban las pirámides de Egipto? La forma piramidal ¿no la sugieren los montones de piedras formados en las esquinas de los campos de los países montañosos como Toscana? Los etruscos habían inventado –al parecer- la bóveda, ese milagro de la nueva arquitectura desconocido por los egipcios.

Para inocular una religión a un pueblo basta con un hombre triste y tierno como J.-J. Rousseau. Si este hombre lleva el amor al poder, o el pique de amor propio contra sus enemigos, hasta hacer que le quemen vivo, su religión progresa mucho más rápidamente. Así, dad el valor de una mujer de Calcuta a San Pablo, y la nueva religión toma alas.

Probablemente había en Etruria una casta que hacía trabajar a los tontos en provecho de ella. Esta casta tenía secretos mágicos […]

¿Es el aire del Vaticano a propósito para inspirar la credulidad? ¡Qué hermoso sitio para reunir en él una asamblea de arqueólogos!

El alfabeto de los etruscos se derivaba, como todos los demás, del de los fenicios, ese pueblo de industriales. Los etruscos no habían recibido sus cartas de los griegos, puesto que escribían de derecha a izquierda y suprimían las vocales breves, como los hebreos.

La extraña aspiración que se observa en el modo de hablar italiano de Florencia, procede de los etruscos.

Es lo que escribe nuestro autor el mismo día de hoy (6 de noviembre) de 1827. Páginas 99 a 103 de la edición que seguimos.


domingo, 14 de julio de 2013

Lista de villas

El 28 de noviembre dice: "He aquí el nombre de las villas que más nos han gustado:

-Mills, construida sobre las ruinas de la casa de Augusto. Bonito pórtico, frescos de Rafael, figuras de Venus.
-Ludovisi. Aurora  del Guercino.
-Pamphili. Arquitectura de Algardi, y esqueletos singulares que se deshacen en polvo.
-Borghese. Estatuas y bellos jardines.
-Albani. Estatuas, bella arquitectura.
-Corsini, en la falda del Monte Gianicolo: situación deliciosa.
-Lante. Arquitectura de Giulio Romano.
-Aldobrandini, o de Belvedere, en Frascati.
-Giraud, o Cristaldi, extraña arquitectura.
-Madama, por Rafael; perfección de la arquitectura gentil.
-Mattei, o del príncipe de la Paz; bellos cuadros.
-Médicis, o Academia de Francia.
-Orgiati, o Nelly, cerca de Villa Borghese, habitada en otro tiempo por Rafael; tres frescos: un Sacrificio a Flora; el Bersaglio, muchas bellas figuras desnudas; las Bodas de Alejandro y de Roxana, cuadro digno de Rafael.
-Poniatowsky; arquitectura de M. Valadier. Este hombre ha construido a la entrada de la calle del Babbuino una casa con terraza en cada piso. Este arquitecto tiene estilo.
-Villa Adriana, cerca de Tívoli.
-Mellini, en el Monte Mario; vista magnífica; desde aquí tomó M. Sickler la vista panorámica de Roma y sus alrededores. […]”

pp. 461 y 462 de la edición que seguimos.


martes, 2 de julio de 2013

Lista de palacios que hay que ver

"Pondré aquí la lista de los palacios que hay que ver. Coloco en primera línea los que vale la pena de ir a verlos; son doce. A los palacios de la segunda lista se sube cuando se pasa junto a ellos.
            El Vaticano, diez mil habitaciones.
            El Quirinal o Monte Cavallo.
            La Cancelleria (la Cancicllería).
Rospigliosi, la Aurora de Guido.
Farnesina, la Psiquis, de Rafael.
Borghese
Doria Pamfili
Chigi
Corsini
La Villa Médicis, ocupada por los jóvenes pintores franceses. Hermosa vista bajo las verdes encinas.
Barberini, retratos de la Cenci y de la Fornarina; Muerte de Germánico, cuadro de Poussin.
Y he aquí veinticinco palacios de un interés secundario:
Altieri, muy grande.
Barschi, bella escalera.
Colonna, bella galería. Desde la muerte del príncipe Lorenzo, cuyo sepulcro está en los Santos Apóstoles, ya no hay cuadros en este palacio.
Palazzo de’ Conservatori, estatua de César.
Palacio de la consulta, bastante insignificante.
Costaguti, frescos del Domenichino y del Guercino.
Falconieri, buenos cuadros.
Ruspoli. Los frescos de las salas ocupadas por el café, son de un pintor francés. El salón grande donde M. Demidoff hacía representar vodeviles es bastante curioso; la escalera es magnífica. Este palacio pertenecía en otro tiempo a los Gaetani. Enfrente está la gran casa llamada Palacio Fiano donde están las encantadoras marionetas. Alquilar dos habitaciones y preguntar por Cassandrino, alumno de pintura.
Giraud. El arquitecto fue Bramante.
Giustanini, muchas estatuas.
Massimi, ruinas del Teatro Marcelo.
El Palacio de Monte Citorio, en cuyo gran blacón se efectúa el sorteo de la lotería. El pueblo bajo que se reúne estos días en la plaza es más curioso que el palacio. Sobre estos rostros tostados se pintan los matices de las más vivas pasiones. Un artista encuentra aquí expresiones vivas y naturales, no apagadas por el miedo de chocar al vecino; y sin embargo, cada individuo de este populacho se conduciría de modo diferente si estuviera solo.
Odescalchi; la fachada es de Bernini.
Mattei, objetos de arte.
Palacio del príncipe Jerónimo Bonaparte, vía Condotti.
Palacio del Príncipe Pío. Edificado sobre las ruinas del Teatro de Pompeyo.
Salviati, construido para alojar a Enrique III.
Palacio Venecia, construido en 1468.
Sciarra, en el Corso, botina colección de cuadros.
Palacio del Senado en el Capitolio, la loba estrusca.
Spada, la estatua de Pompeyo.
Stoppani, construido sobre dibujos de Rafael.
Verospi, bóveda pintada por el Albano.
Torlonia, en Piazza Venecia, brillante en todas las cosas bellas que ha podido reunir un vendedor de cintas de hilo convertido en rico banquero de Roma. Comparar esta vivienda con la de los enriquecidos de París; nada muestra más claramente la diferencia de carácter nacionales: en nuestros nuevos ricos, ingenio y pretensiones, constantemente preocupados de cien pequeñas cosas que han de hacerles ascender en el mundo; en el vendedor de citas romano, todo es reposo y tranquilidad; después del dinero, sólo le interesan las bellas artes. […] "


Es lo que escribe nuestro autor en este día de 1828. Páginas 335-337 de nuestra edición.


Dedicado a mi amigo Alberto R., que hoy estará  paseando por las calles de Roma.

domingo, 17 de febrero de 2013

San Juan de Letrán (I)

Interior.

San Juan  de Letrán es la primera iglesia del mundo, Ecclesiarum urbis et orbis mater et caput; es la sede del Soberano Pontífice como obispo de Roma. El Papa, después de su exaltación al trono, viene aquí a tomar posesión del mismo. (La ceremonia de la possesso).

En el año 324 construyó Constantino esta basílica en su propio palacio, que cedió luego a los soberanos pontífices. En este templo habitaron durante sus estancias en Roma hasta Gregorio XI (1370), que volvió a fijar en Roma la Santa Sede establecida en Avignon. […]

La basílica de San Juan de Letrán fue quemada en 1308; Clemente V, que residía en Avignon, envió grandes cantidades de dinero y se restauró con magnificencia todo lo destruido por el incendio.

Gregorio XI abrió la puerta del norte; Martín V hizo la fachada, decorada más tarde por Eugenio IV y Alejandro VI; Pío IV mandó hacer el gran sofito dorado; Sixto V decoró la fachada lateral, cuyo doble pórtico, muy bonito, fue dibujado por Fontana; Inocencio X, en 1650, puso la nave principal en el estado en que la vemos hoy, con planos de Borromini, ese arquitecto barroco. Al abrir los cimientos, se reconoció que este lugar no estaba comprendido en el recinto de Servio Tulio.

Clemente XI embelleció la basílica, y, finalmente, Clemente XII mandó hacer la fachada, muy admirada en su tiempo (1730) y que hoy nos parece bastante mala. Este papa tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’ Angelo, pero prefirió embellecer su catedral.


 Fachada principal


La fachada principal tiene cinco balcones, y el Papa daba la bendición desde el del medio. Cuatro columnas y seis pilastras de orden compuesto forman la fachada; está coronada de once estatuas  que se ven bien desde las logias de Rafael, en el Vaticano, a tres cuartos de legua, la distancia mayor de la Roma habitada.

En el pórtico inferior han puesto una mala estatua de Constantino, enterrada en los desastres que sufrió Roma después de este emperador, y encontrada luego en sus Termas, en el Monte Quirinal. La gran puerta de bronce fue quitada de la iglesia de San Adriano, en el Foro, y trasladada aquí por orden de Alejandro VII. Es el único ejemplo que nos queda de las puertas quadrifores de los antiguos.

Es lo que nos cuenta nuestro autor el 5 de julio de 1828 entre las páginas  345-347 de su obra.

La fotografía del interior procede del Vuelos al mundo.
La de la fachada está tomada del blog jesusvalmeyana.

lunes, 9 de julio de 2012

Santa Maria della Pace



El pórtico exterior, que forma un semicírculo como el del noviciado de los jesuitas, es de Pietro da Cortona. Sixto IV y Alejandro VII hicieron construir esta iglesia. Como fue consagrada en 1487, todavía se observan en las tumbas, muy numerosas, algunos restos del buen gusto del siglo de Rafael.




 Las cuatro Sibilas

Muy cerca de la puerta, a la derecha según se entra, se ve una tela verde; el custodio se os acerca con aire amable, aparta la cortina, y veis Las cuatro Sibilas, célebre fresco de Rafael. Aunque estas pinturas han sufrido mucho, y lo que es peor, han sido restauradas, no por eso son menos dignas de la mayor atención; en ellas se encuentras todas las grandes características del talento de Rafael. Su estilo no fue nunca grandioso, y, sin embargo, estas Sibilas datan de los primeros años de su estancia en Roma. ¿En qué quedan las afirmaciones de Vasari y del partido florentino, según el cual Rafael no engrandeció su estilo hasta que vio los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina?

Para no hablar más que de la expresión, que, para apreciarla, sólo exige un poco de conocimiento del corazón humano, el recién llegado encontrará aquí una figura inolvidable. Debajo de este fresco llama la atención un bajorrelieve en bronce bastante curioso.

Nuestras compañeras de viaje han visto con el más emocionante interés las tumbas de las dos niñas arrebatadas por la peste, una de siete años y otra de nueve. La inscripción  es conmovedora. En la capilla del cardenal Cesi, hay que examinar los detalles grotescos del escultor Mosca.

El cuadro de San Juan Evangelista es del caballero de Arpino; la Visitación, que está encima, es de Maratta, La presentación de la Virgen en el templo es una obra de Baldassare Peruzzi, que gusta mucho a ciertas personas. Más lejos, hay unos frescos de Albani. Las figuras de Santa Cecilia, de Santa Catalina y otras varias son de una mujer célebre, Lavinia Fontana, de la Escuela de Bolonia. Nos han enseñado en la nave un San Jerónimo de Benusti cuyo dibujo es atribuido a Miguel Ángel. En esta indicación hay buena fe: fuera de Roma, este cuadro llevaría el nombre del propio Miguel Ángel que en realidad no ha pintado ninguna de las pequeñas telas que le atribuyen en la mayor parte de las galerías de Italia.

“La pintura al óleo es para las mujeres”, decía a veces, y no se imagina uno a este fogoso genio haciendo cuadros de tres pies de altura. Creo que solamente la Madonna de la Tribuna de Florencia es ciertamente suya. Entre los grandes frescos de la iglesia della Pace se destacan muy bellas cosas de Peruzzi. El claustro vecino es una bonita obra de Bramante.

(Es parte de lo que escribe nuestro autor el 9 de julio de 1828. En las páginas 363 a 365 de la edición que manejamos.)

* La fotografía del pórtico de la iglesia está tomada de la  web SOBRE ITALIA
* la pintura de Rafael procede de HISTORIA DEL ARTE.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Arco de Tito



Este pequeño arco de triunfo tan bonito fue elevado en honor de Tito, hijo del emperador Vespasiano, queriendo inmortalizar la conquista de Jerusalén. No tiene más que un arco. Después del Arco del Triunfo de Druso, cerca de la puerta de San Sebastián, es éste el más antiguo de los que quedan en Roma; fue el más elegante en la época fatal en que lo reconstruyó Valadier.



Este hombre es arquitecto y romano de nacimiento a pesar de su nombre francés. En lugar de sostener el Arco de Tito, que amenazaba ruina, con armaduras de hierro o con un arbotante de ladrillo completamente distinto del monumento mismo, este desgraciado lo reconstruyó. Tuvo la osadía de tallar bloques de piedra de la forma de los antiguos y ponerlos en lugar de éstos, que fueron trasladados no sé adónde. Solo nos queda, pues, una copia del Arco de Tito.

Verdad es que esta copia está situada en el mimo lugar donde estaba el arco antiguo, y los bajorrelieves que decoran el interior de la puerta fueron conservados. Esta infamia se cometió en el reinado de Pío VII; pero este príncipe, ya muy viejo, creyó que no se trataba más que de una restauración corriente, y el cardenal Consalvi no pudo resistir al partido retrógrado, que protegía, según dicen, a Valadier.

Afortunadamente, el monumento que lloramos era enteramente análogo a los arcos de triunfo elevados en honor de Trajano en Ancona y en Benevento.

Los bajorrelieves del Arco de Tito son de un trabajo excelente y que no recuerda en absoluto el acabado de la miniatura como los del Arco del Carrousel. Uno de estos relieves representa a Tito en su carro triunfal tirado por cuatro caballos; está rodeado de sus lictores, seguido de su ejército y protegido por el genio del Senado. Detrás del emperador, una Victoria coloca con la mano derecha una corona sobre su cabeza, y en  la izquierda tiene una rama de palmera alusiva a Judea. 


El bajorrelieve de enfrente es más característico; se ven en él los despojos del Templo de Jerusalén llevados en triunfo: el candelabro de oro de siete brazos, la caja que contenía los libros sagrados, la mesa de oro, etc. Las pequeñas figuras del friso completaban la explicación del monumento. Todavía se ve la estatua yacente del Jordán, río de Judea, llevada por dos hombres.



Este arco estaba adornado en sus dos fachadas por cuatro columnas compuestas estriadas, que sostenían una cornisa sumamente rica. Algunos dilettanti consideran estas Victorias en bajorrelieve como las más bellas que existen en Roma. Se supone que este arco fue elevado a Tito por Trajano, que, con su modestia acostumbrada, no aparece nombrado en la inscripción que se ve en la parte antigua, hacia el Coliseo. La copio por su brevedad y su noble sencillez:




S.P.Q.R.

DIVO TITO DIVI VESPASIANI F.

VESPASIANO AUGUSTO




El calificativo de divo aplicado a Tito revela que este monumento fue elevado después de su muerte. En el centro de la bóveda de la puerta, se ve la figura de este gran hombre vistiendo la toga; está sentado sobre un águila.

Este monumento encantador no mide más de veinticinco pies y medio de alto, veintiuno de ancho y catorce pies de espesor. Las superficies exteriores eran de mármol pentélico; en ciertas partes del interior emplearon la piedra de Tívoli. Ya sabéis que por este arco pasaba la Via Sacra.


Es lo que escribe nuestro autor el 30 de mayo de 1828 (páginas 270 y ss. de la edición utilizada)




sábado, 29 de octubre de 2011

San Pablo Extramuros (San Paolo Fuori le Mura)


El día 5 de octubre de 1828, Stendhal escribe sobre las iglesias de Roma:

Nombraré primero de memoria las veintidós iglesias más notables a mis ojos […]
SAN PABLO EXTRAMUROS. Quemada en 1823. Ruinas sublimes; aire melancólico de una iglesia gótica.



Otra mención que hace nuestro autor a esta iglesia, la encontramos al final de sus Paseos por Roma, donde añadió un apéndice titulado Manera de ver Roma en diez días. Así comienza este apéndice:

Primer día

San Pedro, el Vaticano, el Coliseo, el Panteón, el Palacio de Monte Cavallo, el Corso, los museos del Capitolio y del Vaticano, las galerías Borghese y Doria, San Pablo extramuros, la Pirámide de Cestio, recorrer las murallas, deambular por Roma al azar. Si se quiere obtener una respuesta, hay que preguntar por los monumentos y las calles con sus nombre italianos.


La basílica que hoy tratamos la podemos ver en tres dimensiones en el enlace de más abajo. Si desea hacerlo siga estas instrucciones: una vez abras la página,encontrarás un plano y a tu izquierda, los lugares o pabellones, click en uno de esos y te aseguro que entrarás Tienes que tener un poquito de paciencia, porque cada lugar donde quieras entrar debes esperar unos segundos para que cargue, pero.....¡VALE LA PENA!


Las citas están tomadas de las páginas 376, 377 y 514 de la edición habitual.


sábado, 25 de diciembre de 2010

25 de diciembre en San Pedro del Vaticano

Venimos de San Pedro. La ceremonia ha sido magnífica. Había en ella acaso cien damas inglesas, algunas bellísimas. Formaron detrás del altar mayor un recinto tapizado de damasco rojo. Su Santidad nombra un cardenal para decir misa en su lugar. Llevan la sangre del Salvador al Papa, sentado en su trono detrás del altar, y el Papa la aspira por un tubo de oro.

No he visto nunca nada tan imponente como esta ceremonia. San Pedro estaba sublime de magnificencia y de belleza; sobre todo, el efecto de la cúpula me pareció hermoso; yo me sentía casi tan creyente como un romano.

Nuestras compañeras de viaje no se cansan de comentar un espectáculo tan grande y tan sencillo. Sólo han encontrado dos damas romanas conocidas de ellas en el bello anfiteatro preparado para las damas, y para eso iban acompañando a parientes de provincias venidos a Roma para la gran funzione.

Ésta fue favorecida por un sol hermosísimo y un tiempo muy dulce. Realmente, al ver San Pedro adornado con sus más bellas galas, tan alegre y tan noble, no se podía uno imaginar que la religión cuya fiesta se celebraba anuncie un Infierno eterno que ha de tragarse para siempre la mayor parte de los hombres. Multi sunt vocati, pauci vero electi.

Tuvimos que abandonar a nuestras compañeras de viaje, muy bien colocadas a la derecha del altar mayor. Las bromas volterianas de Pablo me hacían daño; me arrimé a un monsignore amigo nuestro, gran latinista, que quiso convertirme. Era caer de Caribdis en Escila.

Le dije con sencillez por qué me reía, y, sin transición, se puso a hablarme de Tito Livio. “¿Habéis observado –me dijo- que, a los ciento treinta y ocho años de la fundación de Roma, había aún aguas estancadas entre las colinas? (Tito Livio, lib. I, capítulo XXXVIII). Después de la toma de Veyes, el pueblo quiere abandonar un territorio malsano para ir a habitar en el conquistado. Le disuaden los patricios, que en Veyes no hubieran podido robar tierras.” (Véanse las notas hechas sobre Tito Livio por Maquiavelo.) […]

Es lo que escribe nuestro autor el día 25 de diciembre de 1827. Páginas 166 y 167.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Coliseo 2 (a la luz de la Luna)

Esta noche hemos ido, con una hermosa luna, al Coliseo; yo creía que íbamos a experimentar sensaciones de dulce melancolía. Pero es cierto lo que nos había dicho M. Izimbardi: este clima es tan bello, emana tal voluptuosidad, que hasta la luna pierde aquí toda tristeza. La luna, con su tierna emoción, se encuentra a orillas del Windermere (lago del norte de Inglaterra). Daban las doce de la noche, el custodio del Coliseo estaba advertido y nos abrió; pero se empeñaba en seguirnos: es su deber. Le rogamos que fuera a buscarnos a la próxima hostería unos bocalli de vin buono.

El espectáculo de que gozamos, una vez solos en este inmenso edificio, resultó lleno de magnificencia, pero en modo alguno melancólico. Era una gran y sublime tragedia y no una elegía. Fue muy bien ejecutado el sublime quartetto de Bianca e Faliero (de Rossini), sin que pudiéramos desprendernos de las imponentes imágenes que nos asediaban. La luna era tan clara, que pudimos leer más tarde unos versos de lord Byron:

“Veo al gladiador tendido ante mí, apoyado en la manos. –Su mirada viril consiente en morir; pero triunfa de la agonía, y su cabeza inclinada cae gradualmente al suelo. –De la extensa herida, se escapan lentamente las últimos gotas de sangre; van cayendo pesadas, una a una, como las primeras gotas de una lluvia de tormenta; se le nublan los ojos expirantes; ve girar en torno suyo el gran teatro y todo el público; muere al fin, y la aclamación resuena todavía saludando al despreciable vencedor; el vencido oyó ese griterío y lo ha despreciado. –Sus ojos estaban en su corazón, y su corazón está muy lejos. No piensa ni en la vida que pierde ni en el precio del combate. Piensa en su cabaña salvaje adosada a una roca, a orillas del Danubio; allá, mientras él muere, sus niños juegan entre ellos; la madre los acaricia, y él, el padre, es muerto a sangre fría, para ofrecer un día de fiesta a los romanos. Todos sus pensamientos se le va con la sangre. -¿Morirá, sin venganza? -¡Levantaos, germanos, y saciad vuestra ira!”

Eran cerca de las dos de la mañana cuando dejamos el Coliseo.

Lo escribe nuestro autor el día 28 de noviembre de 1828. Se encuentra en las páginas 457 a 460 de la edición que venimos siguiendo.

Fotografía tomada del blog Emilio Fatuzzo.

jueves, 1 de julio de 2010

Palacio Farnesio


"1 de julio

Estos días hemos visto varios palacios. Primero el Palacio Farnesio, el más bello de todos, construido por Sangallo y Miguel Ángel con piedras del Coliseo y del Teatro Marcelo. Se llega a este palacio aislado por una placita muy bella: tiene la forma de un cuadrado perfecto. Es todavía una fortaleza, como los palacios de Florencia. En el siglo XIV, el peligro circulaba por las calles de Roma; los papas eran depuestos y asesinados como hoy el bey de Argel; pero, por causa de ese despotismo singular y no militar, la historia de Roma es mucho más salvaje y más interesante que la de Bolonia, Milán o Florencia.
El Palacio Farnesio, admirable por la arquitectura de Miguel Ángel, parecería hoy horriblemente triste. Yo me explico muy bien que el primer día un joven francés acostumbrado a nuestras casas de cien ventanas no vea en este palacio más que una prisión. Un patio cerrado por los cuatro lados no es más que un absurdo en un palacio que no es una fortaleza y a cuyo dueño se le supone lo bastante rico para comprar todos los terrenos necesarios, puesto que aspira a la magnificencia.
El vestíbulo que da entrada a este majestuoso edificio está ornado de doce columnas dóricas de granito egipcio, y tres órdenes de columnas superpuestas decoran en las cuatro fachadas este patio cuadrado y tan sombrío. El orden inferior forma un pórtico de una majestad áspera y verdaderamente romana. Bajo este pórtico han puesto la gran urna sepulcral de mármol de Paros, que perteneció al sepulcro de Cecilia Metella. Relegada a un rincón del patio, esta urna no produce aquí ningún efecto; es una falta de gusto del siglo de Paulo III haberla quitado de un monumento en el que era la parte principal."

Es lo que dice el autor en las páginas 329-330.
Fotografía tomada del blog Otra arquitectura es posible