miércoles, 20 de febrero de 2013

Funerales por el Papa León XII (20 febrero 1829)


“Acaban de erigir un magnífico catafalco en medio de la nave principal de San Pedro. Los ornamentos son de M. Tadolini [sic], el escultor. El arquitecto ha sido M. Valadier, [sic] conocido por la profanación del Arco de Tito. El catafalco no está nada mal.

Le han dado la forma general de una pirámide, pero han añadido muchos ornamentos, y justificados. Hay unos bajorrelieves que representan los hechos de León XII, y muchas inscripciones latinas del abate Amati. El cuerpo diplomático asistió a la ceremonia que ha tenido lugar en torno al catafalco. Estas ceremonias, siempre las mismas, comienzan a parecernos largas. En cambio, los ingleses, que se han apresurado a venir de Nápoles, se dedican a ellas con furor. En la carretera de Nápoles, se han pagado precios enormes por caballos de posta. […]”

Es lo que escribe nuestro autor el 20 de febrero de 1829 en la página 497. Pensamos que hay una errata en los nombres de pila que adjudica al escultor Tadolini y al arquitecto Valadier.

domingo, 17 de febrero de 2013

San Juan de Letrán (I)

Interior.

San Juan  de Letrán es la primera iglesia del mundo, Ecclesiarum urbis et orbis mater et caput; es la sede del Soberano Pontífice como obispo de Roma. El Papa, después de su exaltación al trono, viene aquí a tomar posesión del mismo. (La ceremonia de la possesso).

En el año 324 construyó Constantino esta basílica en su propio palacio, que cedió luego a los soberanos pontífices. En este templo habitaron durante sus estancias en Roma hasta Gregorio XI (1370), que volvió a fijar en Roma la Santa Sede establecida en Avignon. […]

La basílica de San Juan de Letrán fue quemada en 1308; Clemente V, que residía en Avignon, envió grandes cantidades de dinero y se restauró con magnificencia todo lo destruido por el incendio.

Gregorio XI abrió la puerta del norte; Martín V hizo la fachada, decorada más tarde por Eugenio IV y Alejandro VI; Pío IV mandó hacer el gran sofito dorado; Sixto V decoró la fachada lateral, cuyo doble pórtico, muy bonito, fue dibujado por Fontana; Inocencio X, en 1650, puso la nave principal en el estado en que la vemos hoy, con planos de Borromini, ese arquitecto barroco. Al abrir los cimientos, se reconoció que este lugar no estaba comprendido en el recinto de Servio Tulio.

Clemente XI embelleció la basílica, y, finalmente, Clemente XII mandó hacer la fachada, muy admirada en su tiempo (1730) y que hoy nos parece bastante mala. Este papa tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’ Angelo, pero prefirió embellecer su catedral.


 Fachada principal


La fachada principal tiene cinco balcones, y el Papa daba la bendición desde el del medio. Cuatro columnas y seis pilastras de orden compuesto forman la fachada; está coronada de once estatuas  que se ven bien desde las logias de Rafael, en el Vaticano, a tres cuartos de legua, la distancia mayor de la Roma habitada.

En el pórtico inferior han puesto una mala estatua de Constantino, enterrada en los desastres que sufrió Roma después de este emperador, y encontrada luego en sus Termas, en el Monte Quirinal. La gran puerta de bronce fue quitada de la iglesia de San Adriano, en el Foro, y trasladada aquí por orden de Alejandro VII. Es el único ejemplo que nos queda de las puertas quadrifores de los antiguos.

Es lo que nos cuenta nuestro autor el 5 de julio de 1828 entre las páginas  345-347 de su obra.

La fotografía del interior procede del Vuelos al mundo.
La de la fachada está tomada del blog jesusvalmeyana.

lunes, 9 de julio de 2012

Santa Maria della Pace



El pórtico exterior, que forma un semicírculo como el del noviciado de los jesuitas, es de Pietro da Cortona. Sixto IV y Alejandro VII hicieron construir esta iglesia. Como fue consagrada en 1487, todavía se observan en las tumbas, muy numerosas, algunos restos del buen gusto del siglo de Rafael.




 Las cuatro Sibilas

Muy cerca de la puerta, a la derecha según se entra, se ve una tela verde; el custodio se os acerca con aire amable, aparta la cortina, y veis Las cuatro Sibilas, célebre fresco de Rafael. Aunque estas pinturas han sufrido mucho, y lo que es peor, han sido restauradas, no por eso son menos dignas de la mayor atención; en ellas se encuentras todas las grandes características del talento de Rafael. Su estilo no fue nunca grandioso, y, sin embargo, estas Sibilas datan de los primeros años de su estancia en Roma. ¿En qué quedan las afirmaciones de Vasari y del partido florentino, según el cual Rafael no engrandeció su estilo hasta que vio los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina?

Para no hablar más que de la expresión, que, para apreciarla, sólo exige un poco de conocimiento del corazón humano, el recién llegado encontrará aquí una figura inolvidable. Debajo de este fresco llama la atención un bajorrelieve en bronce bastante curioso.

Nuestras compañeras de viaje han visto con el más emocionante interés las tumbas de las dos niñas arrebatadas por la peste, una de siete años y otra de nueve. La inscripción  es conmovedora. En la capilla del cardenal Cesi, hay que examinar los detalles grotescos del escultor Mosca.

El cuadro de San Juan Evangelista es del caballero de Arpino; la Visitación, que está encima, es de Maratta, La presentación de la Virgen en el templo es una obra de Baldassare Peruzzi, que gusta mucho a ciertas personas. Más lejos, hay unos frescos de Albani. Las figuras de Santa Cecilia, de Santa Catalina y otras varias son de una mujer célebre, Lavinia Fontana, de la Escuela de Bolonia. Nos han enseñado en la nave un San Jerónimo de Benusti cuyo dibujo es atribuido a Miguel Ángel. En esta indicación hay buena fe: fuera de Roma, este cuadro llevaría el nombre del propio Miguel Ángel que en realidad no ha pintado ninguna de las pequeñas telas que le atribuyen en la mayor parte de las galerías de Italia.

“La pintura al óleo es para las mujeres”, decía a veces, y no se imagina uno a este fogoso genio haciendo cuadros de tres pies de altura. Creo que solamente la Madonna de la Tribuna de Florencia es ciertamente suya. Entre los grandes frescos de la iglesia della Pace se destacan muy bellas cosas de Peruzzi. El claustro vecino es una bonita obra de Bramante.

(Es parte de lo que escribe nuestro autor el 9 de julio de 1828. En las páginas 363 a 365 de la edición que manejamos.)

* La fotografía del pórtico de la iglesia está tomada de la  web SOBRE ITALIA
* la pintura de Rafael procede de HISTORIA DEL ARTE.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Arco de Tito



Este pequeño arco de triunfo tan bonito fue elevado en honor de Tito, hijo del emperador Vespasiano, queriendo inmortalizar la conquista de Jerusalén. No tiene más que un arco. Después del Arco del Triunfo de Druso, cerca de la puerta de San Sebastián, es éste el más antiguo de los que quedan en Roma; fue el más elegante en la época fatal en que lo reconstruyó Valadier.



Este hombre es arquitecto y romano de nacimiento a pesar de su nombre francés. En lugar de sostener el Arco de Tito, que amenazaba ruina, con armaduras de hierro o con un arbotante de ladrillo completamente distinto del monumento mismo, este desgraciado lo reconstruyó. Tuvo la osadía de tallar bloques de piedra de la forma de los antiguos y ponerlos en lugar de éstos, que fueron trasladados no sé adónde. Solo nos queda, pues, una copia del Arco de Tito.

Verdad es que esta copia está situada en el mimo lugar donde estaba el arco antiguo, y los bajorrelieves que decoran el interior de la puerta fueron conservados. Esta infamia se cometió en el reinado de Pío VII; pero este príncipe, ya muy viejo, creyó que no se trataba más que de una restauración corriente, y el cardenal Consalvi no pudo resistir al partido retrógrado, que protegía, según dicen, a Valadier.

Afortunadamente, el monumento que lloramos era enteramente análogo a los arcos de triunfo elevados en honor de Trajano en Ancona y en Benevento.

Los bajorrelieves del Arco de Tito son de un trabajo excelente y que no recuerda en absoluto el acabado de la miniatura como los del Arco del Carrousel. Uno de estos relieves representa a Tito en su carro triunfal tirado por cuatro caballos; está rodeado de sus lictores, seguido de su ejército y protegido por el genio del Senado. Detrás del emperador, una Victoria coloca con la mano derecha una corona sobre su cabeza, y en  la izquierda tiene una rama de palmera alusiva a Judea. 


El bajorrelieve de enfrente es más característico; se ven en él los despojos del Templo de Jerusalén llevados en triunfo: el candelabro de oro de siete brazos, la caja que contenía los libros sagrados, la mesa de oro, etc. Las pequeñas figuras del friso completaban la explicación del monumento. Todavía se ve la estatua yacente del Jordán, río de Judea, llevada por dos hombres.



Este arco estaba adornado en sus dos fachadas por cuatro columnas compuestas estriadas, que sostenían una cornisa sumamente rica. Algunos dilettanti consideran estas Victorias en bajorrelieve como las más bellas que existen en Roma. Se supone que este arco fue elevado a Tito por Trajano, que, con su modestia acostumbrada, no aparece nombrado en la inscripción que se ve en la parte antigua, hacia el Coliseo. La copio por su brevedad y su noble sencillez:




S.P.Q.R.

DIVO TITO DIVI VESPASIANI F.

VESPASIANO AUGUSTO




El calificativo de divo aplicado a Tito revela que este monumento fue elevado después de su muerte. En el centro de la bóveda de la puerta, se ve la figura de este gran hombre vistiendo la toga; está sentado sobre un águila.

Este monumento encantador no mide más de veinticinco pies y medio de alto, veintiuno de ancho y catorce pies de espesor. Las superficies exteriores eran de mármol pentélico; en ciertas partes del interior emplearon la piedra de Tívoli. Ya sabéis que por este arco pasaba la Via Sacra.


Es lo que escribe nuestro autor el 30 de mayo de 1828 (páginas 270 y ss. de la edición utilizada)




domingo, 20 de noviembre de 2011

20 de noviembre de 1828

Voy a deshonrarme y a adquirir reputación de perverso. ¿Qué importa? El valor es de todas las profesiones, y hay más valor en desafiar a los periódicos que manejan la opinión que en exponerse a las condenas de los tribunales.
Montaigne, el inteligente, el curioso Montaigne, viajaba por Italia en 1580 para curarse y distraerse. A veces, por la noche, escribía lo que había observado de singular, y se servía indistintamente del francés o del italiano, como un hombre cuyo deseo de escribir domina apenas a la pereza, y que necesita, para decidirse, del pequeño placer que da la dificultad vencida cuando se utiliza una lengua extranjera.
En 1580, cuando Montaigne estaba en Florencia, hacía solamente diecisiete años que había muerto Miguel Ángel; todavía se hablaba en todas partes de sus obras. Los divinos frescos de Andrea del Sarto, de Rafael y del Correggio estaban en toda su lozanía. Pues bien: Montaigne, ese hombre tan inteligente, tan curioso, tan desocupado, no dice una palabra de todo esto. La pasión de todo un pueblo por las obras maestras del arte le haría seguramente mirarlas, pues su genio consiste en adivinar y estudiar atentamente las disposiciones de los pueblos; pero los frescos del Correggio, de Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci, de Rafael, no le produjeron ningún deleite.
Unid a este ejemplo el de Voltaire hablando de las bellas artes, y mejor aún, si tenéis el talento de razonar sobre la naturaleza viva, mirad los ojos de vuestros vecinos, prestad oído en la sociedad, y veréis que el ingenio francés, el esprit por excelencia, ese fuego divino que chispea en los Caracteres de La Bruyère, en Cándido, en los panfletos de Courier, en las canciones de Collé, es un preservativo seguro contra el sentimiento de las artes.
Hay una verdad desagradable que ha comenzado a entrar en nuestro espíritu, con ayuda de las observaciones hechas en los viajeros franceses que encontramos en Roma en las galerías Doria y Borghese. Cuanto más agudeza de ingenio, cuanta más ligereza y más gracia hemos encontrado en un hombre que conocimos la víspera en un salón, menos comprende los cuadros.
Los viajeros que unen a la inteligencia más brillante ese valor que honra a los hombres, confiesan francamente que nada les aburre tanto como los cuadros y las estatuas. Uno de ellos nos decía oyendo un sublime dúo de Cimarosa cantado por Tamburini y madame Boccadati: <<Me daría lo mismo oir golpear unas tenazas contra una llave>>.
La frase que acabáis de leer privará al autor de su reputación de buen francés. Pero se trata de no aludir a nadie, ni siquiera al pueblo. Los espíritus que quieren la gloria y no viven más que de adulaciones dirán que el hombre lo bastante mal ciudadano como para negar el sentimiento de las artes a Montaigne, a Voltaire, a Courier, a Collé, a La Bruyère, tiene un carácter perverso. […]
El sentimiento de las bellas artes no puede formarse sin la costumbre de un deliquio abstraído y un poco melancólico. La llegada de un extranjero que viene a turbarla es siempre un hecho desagradable para un carácter melancólico y soñador. Sin que sean egoístas, ni siquiera egotistas, los grandes acontecimientos para estas personas son las impresiones profundas que vienen a remover su alma. Examinan atentamente estas impresiones porque, de las menores circunstancias de estas mismas, sacan poco a poco un matiz de gozo o de sufrimiento. Un ser absorto en este examen no piensa en revestir su pensamiento con una frase picante, no piensa en absoluto en los demás.
Ahora bien: el sentimiento de las bellas artes solo puede nacer en las almas cuyo éxtasis acabamos de esbozar. […]
Saco bruscamente la conclusión de que los franceses del norte del Loira pueden aprender la teoría de las bellas artes. Como son superiores en inteligencia a todos los pueblos actualmente existentes, comprender es su gran ocupación. Sorprenderá al alemán y al italiano con las cosas sutiles y profundas que dirán a propósito de La Cena, de Leonardo da Vinci; pero pedidles un juicio sobre cualquier miniatura; aquí se trata de inventar una opinión, o en otros términos, hay que tener un alma y leer en ella. Imposible. Este hombre tan diserto os suelta a contrapelo una frase aprendida de memoria. Esta inteligencia tan sutil ya no es más que M. Beaufils hablando de Racine.
Quince millones de franceses viven entre el Loira, el Mosa y el mar; entre tan gran multitud puede haber excepciones; Poussin nació en Andelys, y no negaré tampoco que algún sabio alemán tenga ingenio. […]

Es lo que escribe nuestro autor en la fecha que preside este fragamento, que ocupa las páginas 436 a 438 de la edición que manejamos.

sábado, 29 de octubre de 2011

San Pablo Extramuros (San Paolo Fuori le Mura)


El día 5 de octubre de 1828, Stendhal escribe sobre las iglesias de Roma:

Nombraré primero de memoria las veintidós iglesias más notables a mis ojos […]
SAN PABLO EXTRAMUROS. Quemada en 1823. Ruinas sublimes; aire melancólico de una iglesia gótica.



Otra mención que hace nuestro autor a esta iglesia, la encontramos al final de sus Paseos por Roma, donde añadió un apéndice titulado Manera de ver Roma en diez días. Así comienza este apéndice:

Primer día

San Pedro, el Vaticano, el Coliseo, el Panteón, el Palacio de Monte Cavallo, el Corso, los museos del Capitolio y del Vaticano, las galerías Borghese y Doria, San Pablo extramuros, la Pirámide de Cestio, recorrer las murallas, deambular por Roma al azar. Si se quiere obtener una respuesta, hay que preguntar por los monumentos y las calles con sus nombre italianos.


La basílica que hoy tratamos la podemos ver en tres dimensiones en el enlace de más abajo. Si desea hacerlo siga estas instrucciones: una vez abras la página,encontrarás un plano y a tu izquierda, los lugares o pabellones, click en uno de esos y te aseguro que entrarás Tienes que tener un poquito de paciencia, porque cada lugar donde quieras entrar debes esperar unos segundos para que cargue, pero.....¡VALE LA PENA!


Las citas están tomadas de las páginas 376, 377 y 514 de la edición habitual.


domingo, 24 de abril de 2011

Semana Santa en Roma (1829)

Las ceremonias de la Semana Santa han sido magníficas. No se recuerda haber visto en Roma multitud semejante; muchos extranjeros tienen que ir a dormir a Albano; se ha pagado por habitaciones muy mezquinas hasta un luis diario. En cuanto a la comida, es un problema difícil de resolver. Las osterie, bastante poco limpias en tiempo ordinario, están abarrotadas desde las diez de la mañana de tal modo que no se puede entrar; a la hora de la comida, hay una aglomeración como en un teatro los días de estreno.

Los extranjeros que no tienen en Roma un amigo que pueda ofrecerles lo absolutamente necesario, lo pasan muy mal. En esta ocasión triunfa la pereza romana; yo he visto a un pequeño marmitón rehusar con orgullo cinco francos que le ofrecían por freír una chuleta. Varios curiosos napolitanos han vivido todo un día con chocolate y tazas de café. Epigramas muy graciosos.

Roma ha tomado desde el Domingo de Ramos un aspecto de fiesta muy curioso; todo el mundo se aglomera, todo el mundo camina de prisa.

No tengo valor para describir las ceremonias de la Semana Santa; dos o tres momentos han sido magníficos. Cuando se está aquí en esta época se puede comprar un librito de ochenta y dos páginas, publicado en francés de Roma por el abate Cancelieri. El Papa acaba de conceder dos sesiones al escultor Fabris; hemos ido a ver este busto, que tiene mucho parecido.

Mañana nos marchamos de Roma, con gran pesar nuestro: vamos a Venecia; pasaremos este verano quince días en los baños de Lucca y un mes en un delicioso balneario de la Battaglia, cerca de Padua.

En estos lugares de placer, el genio italiano se olvida de tener miedo y de odiar. El nombramiento del cardenal Albani comienza a producir su efecto; esta mañana se ha encontrado escrito en letras enormes, con tiza blanca, en veinte lugares de Roma y a la puerta del palacio de Monte Cavallo, donde reside el Papa:

Siam servi sí, ma servi ognor frementi. (1)

(1) “Somos esclavos sí, pero esclavos siempre conmovidos”


Es lo que escribe nuestro autor el día 23 de abril de 1829. En las páginas 510 y 511 de la edición que seguimos.